datos de las manos que teclean

Las Lunas de Borges

La escritura de Borges se encuentra permeada por una serie de ideas que, repetidas ad infinitum, hallan expresión a través de diferentes formulaciones textuales. Es frecuente, por otra parte, que la ejemplificación de estas ideas recurrentes se nutra a su vez de otras repeticiones, como sucede con uno de los temas abordados por Borges en “El idioma analítico de John Wilkins”[1]: el artificio de una lengua en la que las palabras no son “torpes símbolos arbitrarios” (p.85), en la que cada una de sus letras “es significativa” (p.85).

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En este ensayo, que data de 1942, Borges elige introducirnos al tema a través del siguiente ejemplo:

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Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates inapelables en que una dama, con acopio de interjecciones y de anacolutos, jura que la palabra luna es más (o menos) expresiva que la palabra moon. Fuera de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez más apto para representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica luna, nada es posible contribuir a tales debates; descontadas las palabras compuestas y las derivaciones, todos los idiomas del mundo (...) son igualmente inexpresivos. (p.84)

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Me propongo seguir, a través de una serie de derivaciones textuales y genéricas, el decurso de este vínculo entre el lenguaje y la luna en la escritura de Borges. “Tlön Uqbar Orbis Tertius”[2], un cuento publicado dos años antes que este ensayo, prefiguraba ya esta asociación:
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No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos impersonales calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que se corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluye lunó. Upward, behind the onstreaming it mooned.)
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Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del cielo o cualquier otra agregación. (p.435)
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Inmediatamente después Borges agrega: “El hecho de que nadie crea en la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea innumerable su número” (p.436). Del planteo enunciado en “Tlön Uqbar Orbis Tertius” a la postulación de “El idioma analítico de John Wilkins” no hay en esencia más que una sutil esquematización y un suave deslizamiento que de alguna manera se concretiza en un texto poético que data de 1959, “La luna” [3]:
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Cuenta la historia que en aquel pasado
Tiempo en que sucedieron tantas cosas
Reales, imaginarias y dudosas,

Un hombre concibió el desmesurado

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Proyecto de cifrar el universo
En un libro y con ímpetu infinito
Erigió el alto y arduo manuscrito
Y limó y declamó el último verso.
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Gracias iba a rendir a la fortuna
Cuando al alzar los ojos vio un bruñido
Disco en el aire y comprendió, aturdido,
Que se había olvidado de la luna.
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La historia que he narrado aunque fingida,
Bien puede figurar el maleficio
De cuantos ejercemos el oficio
De cambiar en palabras nuestra vida.
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Siempre se pierde lo esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre el numen.
No la sabrá eludir este resumen
De mi largo comercio con la luna.
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No sé dónde la vi por vez primera
Si en el cielo anterior de la doctrina
Del griego o en la tarde que declina
Sobre el patio del pozo y de la higuera.
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Según se sabe, esta mudable vida
Puede, entre tantas cosas, ser muy bella
Y hubo así alguna tarde en que con ella
Te miramos, oh luna compartida.
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Más que las lunas de las noches puedo
Recordar las del verso: la hechizada
Dragon moon que da horror a la balada
Y la luna sangrienta de Quevedo.
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De otra luna de sangre y de escarlata
Habló Juan en su libro de feroces
Prodigios y de júbilos atroces;
Otras más claras lunas hay de plata
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Pitágoras con sangre (narra una
Tradición) escribía en un espejo
Y los hombres leían el reflejo
En aquel otro espejo que es la luna.
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De hierro hay una selva donde mora
El alto lobo cuya extraña suerte
Es derribar la luna y darle muerte
Cuando enrojezca el mar la última aurora.
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(Esto el Norte profético lo sabe
Y también que ese día los abiertos
Mares del mundo infestará la nave
Que se hace con las uñas de los muertos.)
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Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
Quiso que yo también fuera poeta
Me impuse, como todos, la secreta
Obligación de definir la luna.
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Con una suerte de estudiosa pena
Agotaba modestas variaciones,
Bajo el vivo temor de que Lugones
Ya hubiera usado el ámbar o la arena.
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De lejano marfil, de humo, de fría
Nieve fueron las lunas que alumbraron
Versos que ciertamente no lograron
El arduo honor de la tipografía.
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Pensaba que el poeta es aquel hombre
Que, como el rojo Adán del Paraíso,
Impone a cada cosa su preciso
Y verdadero y no sabido nombre.
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Ariosto me enseñó que en la dudosa
Luna moran los sueños, lo inasible
El tiempo que se pierde, lo posible
O lo imposible, que es la misma cosa

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De la Diana triforme Apolodoro

Me dejó divisar la sombra mágica:
Hugo me dio una hoz que era de oro,
Y un irlandés su negra luna trágica
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Y, mientras yo sondeaba aquella mina
De las lunas de la mitología,
Ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
La luna celestial de cada día.
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Sé que entre todas las palabras, una
Hay para recordarla o figurarla.
El secreto, a mi ver está en usarla
Con humildad. Es la palabra luna.
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Ya no me atrevo a macular su pura
Aparición con una imagen vana;
La veo indescifrable y cotidiana
Y más allá de mi literatura.
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Sé que la luna o la palabra luna
Es una letra que fue creada para
La compleja escritura de esa rara
Cosa que somos, numerosa y una.
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Es uno de los símbolos que al hombre
Da el hado o el azar para que un día
De exaltación gloriosa o de agonía
Pueda escribir su verdadero nombre. (pp.196-198)
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En una conferencia sobre la poesía
[4], dictada en 1977, Borges desarrolla nuevamente esta idea de que existe una suerte de función estética inherente a la lengua:
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Erróneamente, se supone que el lenguaje corresponde a la realidad, a esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es otra cosa.

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Pensemos en una cosa amarilla, resplandeciente, cambiante; esa cosa es a veces en el cielo, circular; otras veces tiene la forma de un arco, otras veces crece y decrece. Alguien –pero no sabremos nunca el nombre de ese alguien–, nuestro antepasado, nuestro común antepasado, le dio a esa cosa el nombre de luna, distinto en distintos idiomas y diversamente feliz. Yo diría que la voz griega
Selene es demasiado compleja para la luna, que la voz inglesa moon tiene algo pausado, algo que obliga a la voz de la lentitud que conviene a la luna, que se parece a la luna, porque es casi circular, casi empieza con la misma letra con que termina. En cuanto a la palabra luna, esa hermosa palabra que hemos heredado del latín, esa hermosa palabra que es común al italiano, consta de dos sílabas, de dos piezas, lo cual, acaso, es demasiado. Tenemos lua, en portugués, que parece menos feliz; y lune
, en francés, que tiene algo de misterioso.
(...)
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Decir luna o decir “espejo del tiempo” son dos hechos estéticos (...) Cada palabra es una obra poética
. (p.255)

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Como podemos observar, la ironía subyacente en el planteo del idioma analítico de John Wilkins ha sido pasiva de una serie de transposiciones genéricas y textuales hasta dar finalmente lugar a la explicitación de la concepción real que Borges tiene de la lengua. Pero el camino es sinuoso: en El informe de Brodie, un cuento publicado siete años antes que esta conferencia, Borges desarrolla la antítesis del lenguaje postulado por John Wilkins. No obstante, el efecto de sentido que atraviesa ambos textos parece seguir siendo el mismo:

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El idioma es complejo, no se asemeja a ningún otro de los que yo tenga noticia. No podemos hablar de partes de la oración, ya que no hay oraciones. Cada palabra monosilábica corresponde a una idea general, que se define por el contexto o por los visajes. La palabra nrz, por ejemplo, sugiere la dispersión o las manchas, puede significar el cielo estrellado, un leopardo, una bandada de aves, la viruela, lo salpicado, el acto de desparramar o la fuga que sigue a la derrota. Hrl, en cambio, indica lo apretado o lo denso, puede significar la tribu, un tronco, una piedra, un montón de piedras, el hecho de apilarlas, el congreso de los cuatro hechiceros, la unión carnal y un bosque. Pronunciada de otra manera o con otros visajes, cada palabra puede tener un sentido contrario. (p.255)
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Esta preocupación por la lengua recorre la escritura borgeana, y como muchas de sus obsesiones aparece surcada por citas de autoridad recurrentes, como el siguiente fragmento de un texto de
Chesterton:
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“El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal... cree, sin embargo, que esos tientes, en todas sus fusiones y conversiones son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de una bolsita salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo.” (El idioma analítico de John Wilkins, p.87)

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Esta cita nos permite establecer una conexión entre El idioma analítico de John Wilkins y De las alegorías a las novelas[5], el otro texto en el que Borges recurre al mismo pasaje de Chesterton para explicar que, declarado insuficiente el lenguaje, hay lugar para otros, y que la alegoría puede ser uno de ellos, por considerarla “un signo más preciso que el monosílabo, más rico y feliz” (p.123). Si tal como Borges lo plantea, el pasaje de la alegoría a la novela es el pasaje de especies a individuos, de realismo a nominalismo; de alguna manera el pasaje del lenguaje analítico de John Wilkins a la concepción de la lengua cotidiana como un hecho estético representa un tipo de desplazamiento similar.

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Gabriela Marrón

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[1] O.C., Bs. As., Emecé, 1993. Tomo III, pp.254-266 [1ª publ. del texto: 1977]
[2] O.C., Bs. As., Emecé, 1993. Tomo III, pp.122-124 [1ª publ. del texto: 19??]
[3] O.C., Bs. As., Emecé, 1993. Tomo II, pp.84-87 [1ª publ. del texto: 1942]
[4] O.C., Bs. As., Emecé, 1993. Tomo I, pp.431-443 [1ª publ. del texto: 1940]
[5] O.C., Bs. As., Emecé, 1993. Tomo II, pp.196-198 [1ª publ. del texto: 1959]
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dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.