datos de las manos que teclean

Nadie Canta

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La leyenda intenta explicar lo inexplicable.
Como procede de una parte de la verdad,
tiene que regresar siempre a lo inexplicable.


Franz Kafka, Prometeo.
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El Sol reverberó sobre el azul silencioso del Mar, mientras Heracles trepaba hacia la cumbre. Llevaba el arco y las flechas, pero no fueron necesarios, porque cuando escrutó el horizonte buscando el ave de Zeus, solo encontró un nido vacío. Sobre la hierba seca, cubierto por algunas plumas y fragmentos de roca, estaba el milenario reloj de sangre con que se medía el Tiempo del tormento del Titán.
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Dudó por unos segundos: el trabajo parecía demasiado sencillo. Sigilosa, con insurrecta cadencia, la sangre inmortal se deslizaba en la clepsidra. Supuso que el eco del bramido del Titán acompasaba el impacto de las gotas, y que cuando la invisible mano de Ananke giraba el reloj, de alguna manera el águila se abalanzaba nuevamente a desgarrar las eternas entrañas sediciosas.
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Dejó las armas a un lado y examinó mentalmente la insólita disposición de los hechos. Pensó que quizás el vidrio al quebrarse remedaría el metálico crujir de las cadenas ausentes, y palpó con sus dedos el cristal, como anhelando un latido.
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Sus manos vacilantes dejaron deslizar la clepsidra y, ante el afásico impacto, la sangre comenzó a fluir por los cristales. El torrente de líquido viscoso humedeció sus sandalias y siguió su curso, descendiendo por el peñasco.
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La herida estaba ahora eternamente abierta, la sangre teñiría los mares e inundaría la tierra. Como la espesa y eterna nube de humo de un fuego extinguido, se cerniría sobre el mundo hasta sofocar a la humanidad.
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La clepsidra rota solo puso en evidencia el artificio: hombres, roca y águila eran una misma cosa.
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Al ver que el titán se desangraba inútilmente sobre el mundo, el héroe comprendió que el fuego nunca volvería a encenderse, y emprendió el arduo descenso.
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Cuando el hombre, ya en tierra firme, le dio la espalda al peñasco, comenzaba a caer el sol.
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Ahora era solo cuestión de tiempo.-

dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.