datos de las manos que teclean

Entre monos nada sabios


Cristina Peri Rossi, Todo lo que no te pude decir
Menos Cuarto Ediciones: Palencia, 2017
 
La nueva novela de Cristina Peri Rossi es una construcción de cuidadosos detalles: esa casa –su escritura– donde los lectores siempre volvemos dispuestos a reconocer la trama del tapiz, los cuadros de las paredes, la música de fondo en primer plano, la biblioteca del exilio, el rumor del mar, ese curioso diván que nos invita, el perfil de la cámara de fotos junto a la estilográfica sobre la mesa, una puerta siempre cerrada, el pulso del mundo, y los mismos dos o tres espejos estratégicamente ubicados, cuyos reflejos nos ofrecen la intuición de algunos rasgos levemente familiares.

Todo lo que no te pude decir es una novela coral, donde la historia de cada personaje se profundiza en distintos capítulos. El primero de ellos, titulado “El idilio de Bubú y Elisa”, nos presenta a los dos protagonistas masculinos de la historia: Suárez, un especialista en primates, que bien podría atesorar en su biblioteca personal un ejemplar de Desastres íntimos (Lumen, 1997); y Fonseca, un comisario que sin duda sabría disfrutar con la lectura de Los amores equivocados (Menos Cuarto, 2016). Este capítulo inicial –como todo movimiento de apertura– reviste cierto carácter programático e invita a los lectores a repensar los límites entre naturaleza y cultura, entre balbuceo y lenguaje, entre grito y música, entre las naves medievales que esporádicamente volvían a la costa para derramar su cargamento de locos, y las pateras subsaharianas de las nuevas pesadillas de Occidente. Esto último no puede sorprendernos: los lectores de Peri Rossi sabemos que esta casa –su escritura– está siempre dispuesta a ofrecernos superficies incómodas y políticamente incorrectas, donde nos resulta imposible descansar sin cambiar de posición en el asiento.

El conflicto inicial se desencadena a partir de la presencia de dos monos que han escapado y andan sueltos –no por la parisina Calle Morgue– sino por la Avenida Dos de Mayo en Barcelona. En realidad no se trata de monos, sino de simios, pero al comisario Fonseca –que no es el inspector Dupin–, las cuestiones taxonómicas le importan muy poco. Bubú y Elisa son parientes, no tan lejanos, de aquel otro chimpancé, rodeado de muñecas sin cabeza, que emprendía un viaje sin regreso en el poema titulado “Nave de los locos”, de Europa después de la Lluvia (1986, Fundación Banco Exterior). No obstante, mientras Bubú parece construido a partir de un imaginario cercano al orangután del cuento de Edgar Allan Poe, Elisa evoca, en cambio, sentimientos más próximos a la maternal Chita, que supo amamantar y criar a Tarzán en la mítica obra de otro Edgar, apellidado Rice Burroughs. La distinción no es casual, los lectores notarán que Bubú –desde su balbuceante nombre parlante– resulta presentado por el accionar policial como un macho atávico y violento al que no queda más remedio que matar; Elisa, en cambio, nos evoca el universo cultural de la palabra articulada, más cercano al de la reina de Cartago y al de la célebre musa de Beethoven. El vínculo de Fonseca con Elisa constituye el reverso de la relación que veremos establecer a Suárez con Lucila en el segundo capítulo de la novela y, por lo tanto, se nos presenta como una entrada liviana, preparando nuestras papilas gustativas para el sabor implacable del plato posterior.

Todo no se puede decir, tampoco en una reseña, porque los lectores desean hacer su propio acercamiento al texto, recorrer la casa, escuchar la música y observar por sí mismos los objetos, las palabras y los cuadros. No obstante, ciertos trazos de la estrategia narrativa desarrollada por Peri Rossi en esta novela pueden ser esbozados, de manera superficial y esquemática, sin por ello revelar totalmente la trama. Como ha señalado Jeffrey Jerome Cohen en su libro Monster Culture. Seven Thesis (Minessotta Press, 1996): todo monstruo es siempre cultural y habita en el umbral de la diferencia. Y de una escritora como Peri Rossi, no podía esperarse menos que la sagaz interpelación intuitiva de esa construcción social: si la sexualidad desbordada no es la de King-Kong, sino la de Lucila, una gorila hembra… ¿quién desempeñará entonces el papel monstruoso? Como afirma Cohen, si el monstruo siempre escapa, es porque muta y se transforma... “en monos nada sabios”, como sugiere, a su vez, la autora en su poema “El aprendizaje de la lengua” (Las replicantes, Menos Cuarto, 2016). Para terminar de comprender el bosquejo, se nos presenta una escena, detalladamente descripta, en la que Suarez huye de una tántrica sesión erótica con su novia Claudia, para verse involucrado en una suerte de transacción o intercambio de sexo por comida. Y también varias otras escenas, en las que su partenaire sexual ya no es una prostituta, sino Lucila.

Los siguientes capítulos se titulan “La carpeta de Suarez”, “Fonseca”, “Silvia”, “La fantasía es la única verdad de los amantes”, “No dejaría nunca de escribirte”, “La felicidad no tiene texto” y “Rencor, mi viejo rencor”. En cada uno de ellos, Peri Rossi va desplegando nuevos hilos que terminarán de anudarse en Montevideo, donde se desarrolla la acción de las últimas páginas, y el corazón atávico del monstruo vuelve a latir encarnado en ese mismo viejo cuerpo, que siempre se viste de uniforme, que siempre mata a Bubú, y que siempre cree proteger a Elisa.

Pero para entender la metamorfosis que va del orangután del cuarto cerrado de los Crímenes de la Calle Morgue al violador y asesino de la empleada de una hamburguesería que deberá capturar Fonseca en la segunda parte del libro –para terminar anclados en un tango rioplatense, no sin antes bordear las costas de un merengue dominicano–, los lectores deberán demorarse también en diversas paradas intermedias. En ellas, conocerán a Silvia y Laura, volverán al mito del rapto de Perséfone, recorrerán La Muerte y la Doncella de Ariel Dorfman, de Egon Schiele, de Schubert, de Polanski… y todo no se puede enumerar, porque si no terminaríamos con una lista digna de las que elabora obsesivamente Fonseca.

A su vez, seremos arrastrados por las olas hacia el eco de poemas completos –“Fetiches sus manos, fetiches sus senos, fetiche su cuello, su voz, sus pies, la perla del clítoris, fetiche sus cabellos negros y sus venas azules”, p. 122*– o de artículos periodísticos perdidos ya en la memoria del tiempo: “Había dos mundos paralelos: el de la superficie, donde vivían los seres libres, y el inframundo, el infierno, donde habitábamos los prisioneros, los secuestrados, los que íbamos a enloquecer o a morir”, p. 156**. Y volveremos a encontrar, a través de Laura y Silvia, una nueva versión del menos equivocado de Los amores equivocados: “De noche, la lluvia”.

La nueva novela de Peri Rossi es dinámica, de lectura llevadera y de dimensiones estructurales profundas. No sólo interpela permanentemente al lector desde la construcción misma de los diálogos de los personajes, también lo invita a desandar los pasos obvios de las lecturas culturales colectivas, a afrontar el riesgo de que el relato no diga lo que siempre dice, sino otra cosa diferente. Si alguien tiene la clave, siempre es quien porta la estilográfica. En este caso, la autora ha decidido darsela a Silvia como quien leva un ancla para que el secreto navegue. De su boca leemos: “Los hombres sólo desean hacer dos cosas con las mujeres: violarlas o protegerlas. Y, a veces, no son contradictorias. A veces una convive con la otra” (p. 153).

Bienvenida la novela, bienvenidos los lectores. La casa invita, pero no se pongan cómodos.


Gabriela Marrón
Bahía Blanca, octubre de 2017

---------------------------------

* Cf. “Fetiche”, en Estrategias del deseo (Lumen, 2004: p. 34).
** Cf. “Dos ciudades, dos Estados”, El País, Madrid, 25-04-1984. Reproducido en El pulso del Mundo (UNAM, 2002: pp. 129-132). El planteo recuerda, sin duda, también el capítulo IX de La nave de los locos (Seix Barral, 1984: pp. 55-63), titulado “La fábrica de Cemento”.

Escritos en la marea del deseo

Cristina Peri Rossi, Los amores equivocados
Menos Cuarto Ediciones: Palencia, 2015 / Casa Editorial Hum: Montevideo, 2016

Los once amores equivocados que conforman este volumen de narraciones parecen herederos del tardío adjetivo latino aequivocus, que no remitía a la noción general de equivocación, sino a la de confusión y, puntualmente, a la incapacidad  de distinguir una cosa –una voz– de otra. No hallaremos en las páginas de este libro amores que sean errores en sí mismos, sino amantes empecinados en responder llamados que los confunden, los descentran y, finalmente, se revelan continentes de una voz distinta a la imaginada por ellos. Amores como todos, por lo tanto, solitarios y obsesionados por establecer correspondencias que no son sino reflejos imprecisos de la mirada propia. Peri Rossi, que no los juzga, nos los muestra y parece contemplar, con benevolente ternura, la dimensión irreductible de sus soledades.

Ironside. El primer relato del libro nos presenta personajes en movimiento. Un camión se desplaza con su carga de gas butano por un camino de tierra, cuando de repente el conductor divisa una figura de “estatura baja y sin pechos ni nalgas”, cuyo aspecto le evoca a sus hijas. Sólo al hablar comenzará a adquirir entidad la figura, tanto para el camionero como para el lector, invitado a presenciar la disquisión del protagonista en torno a la catalogación de ese cuerpo, con los datos que la estrategia narrativa incorpora párrafo a párrafo: sus hijas tienen once años, son dos niñas, se han desarrollado, pueden quedar embarazadas, se maquillan. Ella no tiene dinero. Busca trabajo. Va al Ironside –un after hours al borde del camino, que proporciona también nombre al relato– para incorporarse como prostituta. He allí la voz, la naturaleza ambigua del llamado, el equívoco mismo que el protagonista deberá resolver. Una vez establecida esa inquietante asimetría de género y edad, los lectores de pie sentirán la necesidad de sentarse, y los sentados irán aproximándose cada vez más al borde de la silla, atentos al desenlace que la autora hilvana cuidadosamente, mientras nos sumerge en la cabina del camión y el pulso se nos acelera, como en el interior del Ómnibus de Cortázar, donde las manos tendidas de otro conductor también se acercan cada vez más.

Los amores equivocados. Esta segunda historia –cuyo título es también el del libro– roza tópicos, temas e imágenes particularmente recurrentes en otros géneros literarios frecuentados por Peri Rossi. No hay aquí personajes de trazos elementales, como los del primer relato, sino perfiles cuidadosamente configurados a través de explícitas referencias literarias –Baudelaire, Rayuela–, fílmicas –El conformista– y musicales –María Bethânia, Amalia Rodríguez. “Sabía que te iba a encontrar”, le dice una mujer a un hombre, tras viajar desde Montevideo a Barcelona y hallarlo por azar en el paseo de Gracia. El golpe militar, ocurrido en Uruguay entre la partida de ambos, sella trece años de exilio que tornan imposible el retorno de la pareja, incluso una vez restablecida allí la democracia. Ella repetirá oralmente numerosas veces cómo el amor los reunió tras atravesar el azar y el Altántico, y él comenzará a redactar la versión novelada de esa historia. Poco a poco, a su vez, París y Lisboa empiezan a disputarse con Gaudí, el Montjüic, el barrio Gótico y las Ramblas, el protagonismo y la dimensión real del relato. Como en el duelo entablado por el jugador de La última noche de Dostoievski y su psicoanalista, como cuando la musa se retoba ante el yo poético de Estrategias del Deseo, el problema es siempre quién (lo) escribe. Los lectores quieren “historias que les hagan olvidar la mediocridad de su vida cotidiana”, afirma metapoéticamente la protagonista del relato; nosotros, arrastrados por la mise en abîme que propone Peri Rossi, podemos preguntarnos, también, qué quiere el que escribe, qué busca el que vive.

El encuentro. Este cuento, el más breve de los incluidos en Los amores equivocados, coloca a José frente a la mujer con la que había soñado toda su vida. La proyección misma de su deseo se le ha aparecido en una esquina, pero él no ha sabido responder al llamado, y no pudo sino huir de la encarnación anhelada. Su amigo e interlocutor, quien oficia a su vez como narrador, quedará luego perplejo –por sus propias razones– ante la visión de la joven. Nosotros sólo la vislumbramos a través de sus ojos, pero sabemos que nuestra sensibilidad –como la de ellos– no es otra cosa que una sensación educada, que un deseo aprendido y permeado –también– por la literatura, desde Safo hasta Stendhal. “Es seguro que su belleza, como un espejo, hará daño a quien la mire”, explica José, parafraseando declaraciones que la autora ya ha brindado en diversas entrevistas: la belleza está en quien contempla, no en el objeto.

Todo iba bien. Dos desconocidos convergen en un cuarto de hotel, Peri Rossi aprovecha la ocasión para disputarle a Freud y a Lacan la narración de la historia y, como de costumbre, los supera con creces. “Todo iba bien, hasta que ella, en medio del ardor impetuoso de la refriega amorosa, le suplicó que la llamara puta”; así comienza su nueva versión del viejo enigma que tiene siempre la misma respuesta, proceda o no de la esfinge de Tebas. Porque, de alguna manera, Todo iba bien y El encuentro constituyen el anverso y el reverso de la misma tesis: “Nunca / en ningún lugar / un deseo fue igual a otro”; la estructura deseante, en cambio, parece vertebrar, de manera eficaz, tanto la literatura, como la vida misma.

De noche, la lluvia. Aquí la nube de polvo de Ironside se transforma en una cortina de agua y se cierra sobre el coche de una traductora en la ruta, mientras la figura aniñada de rasgos imprecisos deviene una joven poeta de diecinueve años que sube empapada al asiento del acompañante. Ya no son las tres de la tarde, es de noche y, a medida que el vehículo avanza, la relación entre ambas mujeres gana en profundidad y va perdiendo palabras. Sorteadas y desestimadas las alusiones a McLuhan, Foucault, Derridá y Barthes, la música –trátese del Concierto para piano N° 1 de Litz o de Marianne Faithfull cantando Solitude– parece proponerle a la piel otra posibilidad de comunicación y contacto. De todos los amores del libro, acaso este sea el menos equivocado, no obstante, también se cierne sobre poeta y traductora la sombra del lenguaje: “¿Así que traduces? ¿A poetas también? No, la poesía no se puede traducir.”

Ne me quitte pas. En el corazón del libro se ubica el sexto relato y, dentro de él, como si de Pigmalión o de Aracne evocando la tarea de Ovidio se tratara, la autora nos presenta un psicoanalista que termina esculpido y enredado en la trama. El paciente atesora las fotografías de una mujer a la que amó y ha dejado; el analista, de cuarenta y tres años, ama el cuerpo de Javier, de diecisiete, “como sólo se puede amar lo que se ha perdido.” Peri Rossi propone, a través de las referencias a Edith Piaf y a La Separación de los Amantes de Igor Caruso, una línea interpretativa que vertebra el contrapunto entre la separación inevitable del psicólogo y la ya consumada del paciente. En dicho marco, la voz narrativa –acaso alter ego del analista– se distancia de su propio relato y sostiene: “El psicólogo pensó que el cliente usaba las sesiones para evocarla.” Este juego de espejos, ubicado en el centro del libro, recuerda el desenlace de Solitario de amor, cuyo narrador escribe para olvidarse de Aída.

Un maldito pelo. El relato gira en torno al vello púbico de una mujer atravesado en la garganta de un hombre, mientras este hace denodados esfuerzos para no ahogarse, sin dejar de estimular oralmente a su amante en dirección al orgasmo. El mismo obstáculo simbólico y recurrente, que se presenta investido de palabras en los otros cuentos del libro –bajo la forma de pulsiones equívocas, confusiones comunicativas, deseos incompatibles o asimetrías insondables–, se materializa aquí como un simple pelo negro, levemente ondulado, que conduce a la asfixia, al dolor y a la separación de los cuerpos: “hipótesis científica / o cultura / lo mismo da.”

La escala Lota. En este cuento, cuyo título alude a la arquitecta brasileña Macedo Soares, Peri Rossi adopta una cuidadosa estrategia narrativa, que le permite construir un personaje femenino a partir de un cuerpo “arrodillado en el suelo, en cuatro patas, con el rostro un poco alzado dirigido a la ventana, [y] las piernas levemente abiertas”, cuya penetración ocupa a la otra protagonista durante la mayor parte del relato. A medida que la narración avanza, el carácter impersonal de ese cuerpo –objetivado y pasivo– se revela poseedor de una estructura psicológica casi arquitectónica. Su amante, una profesora universitaria mucho mayor, fracasa una y otra vez al intentar descifrarla. La percepción de la soledad aquí también ha cambiado: no sólo el lenguaje es equívoco, la mirada y los cuerpos también lo son.

Confesiones de escritores. La escritura y la lectura son formas de la pasión y, como tales, configuran líneas de escape y constituyen formas de huir de la realidad. Lógicamente, no son las únicas, como muestra con lúcida ironía Peri Rossi en este relato, donde “la concesión de un premio internacional hábilmente negociado por su agente literario y su editor” motivan la entrevista a un escritor que, ante el espectro de intoxicaciones y evasiones posibles, opta por una pasión arcaica y “como (…) un animal anacrónico / todavía se droga con alcohol.”

La Venus de Willendorf. Una vez más, la autora propone un seductor contrapunto entre psicoanálisis y literatura. En este caso, una escritora describe los momentos posteriores a su encuentro sexual con otra mujer, cuyo parecido físico con la prehistórica estatuilla motiva tanto el título del relato como su deseo. La Venus, por su parte, experimenta cierto sentimiento de culpa retrospectivo con respecto a su exmarido, que deriva inicialmente en una discusión con la escritora y luego en una equívoca conversación acerca de las fantasías sexuales. “Sin mi mirada, aquel parecido [con la estatuilla] no existiría”, afirma la narradora en las primeras páginas de este relato, cuyo desenlace parece proyectar, sobre el cuerpo deseado, la pátina fílmica de una mirada antigua, masculina y ajena.

Un cuento de Navidad. Finalizado el despliegue de cuerpos, amores, pasiones y encuentros sexuales que vertebran las diez primeras historias, el libro termina –de alguna manera– por el principio. Nos hallamos ante una voz narrativa que introduce, desde Barcelona, una conversación telefónica con su hermana, en Montevideo, acerca de las próximas navidades y de la salud de su madre, ya anciana. El libro culmina con un diálogo en torno al primero de los amores equivocados de cualquier ser humano, despliega el carácter diverso de los deseos perseguidos por cada persona tras ese fracaso fundante –distintas miradas sobre un mismo objeto–, y nos pregunta también a nosotros, ¿quién se ocupará de él cuando ya no estemos?

Como es posible observar, la estructura del volumen revela una arquitectura profundamente equilibrada, que se verifica incluso en la elección del cuadro de Richard Estes para la tapa: una serie de incomunicantes cabinas telefónicas, con un único sujeto inmerso en una trama urbana que vuelve incluso más pronunciada su soledad. “¿Podrías quedarte un rato más así?”, solicita a su amante el protagonista de Todo iba bien. “¿Alguna vez le pasó que quiso detener lo pasajero?”, pregunta el paciente al analista de Ne me quitte pas. “Quédate un momento así, quieta”, le pide a Estefanía la profesora de La escala Lota. “Es probable que este sea su libro más brillante”, afirma alguien en la contratapa; pero los lectores y Mefistófeles sabemos que el próximo siempre es mejor.

Gabriela Marrón

Bahía Blanca, 1 de junio de 2017

La llamada

Habiendo abierto el gas y colocado la pava sobre la hornalla, ya pensaba en verter la yerba dentro del mate cuando sonó el teléfono. 
Eran las seis y tres minutos de la mañana de un domingo, es decir, circunstancias poco propicias para revelaciones de cualquier tipo, particularmente para las de orden telefónico. 
La voz del otro lado de la línea –si acaso había una línea y no una espiral infinita, si acaso las cuerdas vocales que articularon las palabras existían realmente en algún otro lado impreciso– verificó su identidad llamándolo por su nombre y apellido. Quería venderle un seguro de vida.
Tenía veinte años y la salud firme como el tronco de un ombú, situación que contribuía a enfatizar la intrascendencia del ofrecimiento. A los veinte años uno es inmortal e invulnerable por razones de casuística. 
Juan no estaba interesado en adquirir el servicio, pero la mujer, que insistía, parecía empecinada en desplegar sus argumentos.
No era un seguro de vida tradicional. No se trataba del pago de una suma económica a quien lo sobreviviera en caso de un accidente automovilístico o una patinada en la ducha. El carácter extraordinario de la prestación a su alcance consistía en garantizar que la vida del asegurado siguiera su curso inmune a cualquier tipo de incidente que pudiera desbarrancarla hacia la muerte.
Tras casi media hora de conversación, Juan intuye, ya ligeramente mareado, que la irrupción de lo maravilloso en el orden cotidiano reviste formas curiosas, que no sólo ocurre cuando alguien decide marcar números al azar en un teléfono para ofrecerle a quien responda la memoria de un escritor inglés muerto, que también puede acaecer cuando una llamada interrumpe a quien coloca los espaguetis en la olla y una voz japonesa surge de la nada pidiendo diez minutos de tiempo. 
Pero luego, ya más que ligeramente mareado, Juan también recuerda que él vive en Anzoategui, provincia de La Pampa, que es domingo, que ya son casi las seis y media de la mañana, y que nada extraordinario puede suceder dentro de la cocina de dos metros cuadrados por tres en la que apenas entra la mesa y el teléfono público del puesto de la estancia.
De manera que, pese a la insistencia de la voz al otro lado de la línea –si acaso había una línea y no una espiral infinita, si acaso las cuerdas vocales que articularon las palabras existían realmente en algún otro lado impreciso–, Juan rechaza el ofrecimiento, enciende un cigarrillo y vuela por los aires, en medio de la explosión.

Admonitions to a Special Person (Anne Sexton)

Ojo con el poder,
puede aplastarte su avalancha.
Nieve, nieve, nieve, asfixiando tu montaña.
.
Ojo con el odio, 
puede abrir la boca y escupirte,
arrancarte la pierna, de repente leprosa.
.
Ojo con los amigos, 
porque cuando los traiciones
(vas a traicionarlos)
hundirán su cabeza en el inodoro
y apretarán el botón hasta desaparecer.
.
Ojo con la razón,
porque sabe tanto que no sabe nada,
te deja colgado patas arriba
y balbuceás conocimiento
mientras el corazón se te sale por la boca.
.
Ojo con los juegos, con eso de actuar,
con lo del discurso armadito, aprendido, heredado,
porque a la larga se nota,
y quedás desnudo como un chico,
meado entre las sábanas.
.
Ojo con el amor,
(salvo que sea de verdad
y todo el cuerpo, hasta los dedos
de tus pies digan que sí),
te empaqueta como a una momia:
nadie escuchará tus gritos,
y al correr, no habrá hacia dónde.
.
¿El amor? Sea hombre, sea mujer,
sea como esa ola que querés barrenar
entregarle el cuerpo, la risa,
y también las lágrimas, ya en tierra,
cuando te reciba la arena.
Amar a otro es un acto de fe,
no podés prepararte, te dejás
caer en sus brazos, creés
hasta desatarte las dudas.
.
Sos especial,
yo que vos no escucharía
ninguno de estos consejos,
hechos de palabras tuyas
y alguna que otra mía,
así, como de a dos.
No creo en una sola 
de las cosas que dije, 
salvo en algo, salvo en esto:
que te pienso como un árbol joven,
con follaje de papel y plasticola,
pero sé que tu raíz va a hundirse
hasta que el verde
lo verdadero
brote.
.
Soltá. Soltate.
Sos alguien especial,
sos la posibilidad del follaje.
A esta máquina de escribir le encanta
verte en ese recorrido,
pero quiere estampar contra el suelo
la copa del brindis,
y festejar cuando pierdas
esa oscura corteza,
festejar que sucedas y vueles,
como un globo,
en el aire.
.
.
Anne Sexton
.
.
Watch out for power,
for its avalanche can bury you,
snow, snow, snow, smothering your mountain.
Watch out for hate,
it can open its mouth and you'll fling yourself out
to eat off your leg, an instant leper.
Watch out for friends,
because when you betray them,
as you will,
they will bury their heads in the toilet
and flush themselves away.
Watch out for intellect,
because it knows so much it knows nothing
and leaves you hanging upside down,
mouthing knowledge as your heart
falls out of your mouth.
Watch out for games, the actor's part,
the speech planned, known, given,
for they will give you away
and you will stand like a naked little boy,
pissing on your own child-bed.
Watch out for love
(unless it is true,
and every part of you says yes including the toes) ,
it will wrap you up like a mummy,
and your scream won't be heard
and none of your running will end.
Love? Be it man. Be it woman.
It must be a wave you want to glide in on,
give your body to it, give your laugh to it,
give, when the gravelly sand takes you,
your tears to the land. To love another is something
like prayer and can't be planned, you just fall
into its arms because your belief undoes your disbelief.
Special person,
if I were you I'd pay no attention
to admonitions from me,
made somewhat out of your words
and somewhat out of mine.
A collaboration.
I do not believe a word I have said,
except some, except I think of you like a young tree
with pasted-on leaves and know you'll root
and the real green thing will come.
Let go. Let go.
Oh special person,
possible leaves,
this typewriter likes you on the way to them,
but wants to break crystal glasses
in celebration,
for you,
when the dark crust is thrown off
and you float all around
like a happened balloon.

El charco de lágrimas


Alicia en el País de las Maravillas
Capítulo 2
 

“¡Peorísimo y peorísimo!”, gritó Alicia. (Estaba tan sorprendida, que en ese momento se olvidó cómo hablar correctamente). “¡Ahora me estoy desplegando como si fuera el telescopio más grande del mundo! ¡Chau, pies!” (Porque cuando se miró los pies, estaban tan lejos que ya quedaban prácticamente fuera de su alcance visual.) “¡Ay, mis pobres piecitos! ¿Y ahora quién les va a poner las medias y los zapatos? Seguro que yo no voy a poder. Voy a estar demasiado lejos para ocuparme de ustedes: se las van a tener que arreglar lo mejor que puedan… Aunque…”, pensó Alicia, “me conviene ser amable con ellos, porque si no, a lo mejor, no van a querer caminar para el lado que yo quiera. A ver… ¡Listo! Les voy a regalar un nuevo par de botas en cada Navidad.”
Y siguió haciendo planes para ver cómo iba a manejar la situación. “Se las voy a tener que mandar por correo”, pensó. “Va a ser gracioso mandarle un regalo a mis propios pies. ¡Y qué extraña será la dirección escrita en el paquete!"

SR. PIE DERECHO DE ALICIA,
ALFOMBRA AL LADO DEL FOGÓN,
CERCA DEL FUEGO
(DE ALICIA, CON CARIÑO)

“¡Ay, cuántas pavadas estoy diciendo, che!”
Justo en ese momento se golpeó la cabeza contra el techo del pasillo: ahora medía más de dos metros setenta, así que agarró la llavecita dorada y fue enseguida hacia a la pequeña puerta. ¡Pobre Alicia! Lo más que podía hacer, acomodada de costado, era mirar hacia el jardín con un solo ojo por el hueco de la puerta. La idea de poder pasar era ahora más imposible que nunca: se sentó y empezó a llorar de nuevo.
“Tendrías que avergonzarte de vos misma”, dijo Alicia. “Una nena grande, como vos”, (también podría haber dicho “como yo”), “llorando de esta manera. ¡Te digo que la termines, ya!” Pero siguió derramando litros de lágrimas, hasta formar un gran charco alrededor de ella, de casi diez centímetros de profundidad, que ocupaba prácticamente la mitad del pasillo.
Al rato, sintió el sonido de unos pasos a la distancia. Se secó rápidamente las lágrimas, para ver quién se acercaba. Era el Conejo Blanco, que volvía, impecablemente vestido, con un par de guantes blancos en una mano y un gran abanico en la otra: trotaba, muy apurado, murmurando mientras avanzaba: “¡Ay! ¡La duquesa, la duquesa! ¡Ay! ¡Se va a poner como loca si la hago esperar!” Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedirle ayuda a cualquiera. Así que, cuando el Conejo pasó cerca de ella, comenzó a decirle, con una vocecita muy tímida, “Por favor, señor, si usted pud…” El Conejo siguió de largo y, dejando caer el abanico y los guantes blancos, desapareció en la oscuridad tan rápido como pudo.
Alicia levantó los guantes y el abanico. Como en el pasillo hacía mucho calor, empezó a abanicarse mientras decía “¡La pucha! ¡Qué raro es todo hoy! Ayer las cosas estaban normales, como siempre. ¿Me pregunto si a lo mejor habré cambiado durante la noche? A ver, dejame pensar: ¿hoy a la mañana, cuando me levanté, era la misma? Mmm... casi te diría que recuerdo haberme sentido un poquito cambiada. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es, ¿entonces quién soy? ¡Ajá! ¡Ese es el gran enigma! Y empezó a pensar en todos los chicos de su edad que conocía, para ver si se había transformado en alguno de ellos.
“Estoy segura de que no soy Ada”, dijo, “porque su pelo tiene bucles muy largos, pero el mío no es para nada enrulado. Y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque sé cualquier cantidad de cosas, mientras que ella, ¡uf!, ¡ella sabe apenas tan poquititas! Además, ella es ella, y yo soy yo, y... ¡Ay, qué enredado es todo esto! Mejor voy a chequear si todavía sé todas las cosas que sabía. A ver: cuatro por cinco, doce; cuatro por seis, trece; cuatro por siete... ¡Pero, che! ¡A este ritmo nunca voy a llegar a veinte! No importa, igual las tablas de multiplicar no tienen ningún sentido. Probemos con geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y Roma... ¡Pero no, lo que dije está todo mal, estoy segura. ¡Me debo haber transformado en Mabel! Voy a tratar de recitar de memoria aquel poema”. Se sentó, con una mano apoyada sobre la otra, como si estuviera diciendo una lección, y empezó a recitarlo, pero su voz sonaba extraña, más ronca, y las palabras estaban como cambiadas:

¡Mirá cómo el diminuto cocodrilo
aprovecha su cola, brillante e inmensa,
para ir derramando las aguas del Nilo
sobre sus escamas doradas y densas.

¡Qué alegre resulta su sonrisa a veces!
¡Con cuánto cuidado acomoda sus garras!
Recibe, sonriente, mil pequeños peces,
y con sus amables dientes los desgarra.
 
“¡Estoy segura de que esas no son las palabras correctas!”, dijo la pobre Alicia, y sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas mientras seguía hablando. “¡A lo mejor soy Mabel nomás! Y ahora voy a tener que vivir toda apretujada en su casa, que es tan chiquita. Prácticamente sin ningún juguete para jugar y… ¡Ay! ¡Voy a tener que aprender tantas cosas para la escuela! De ninguna manera. La decisión está tomada: ¡si soy Mabel, me quedo acá! No les va a servir de nada asomar las cabezas por el pozo y decirme ‘¡Salí de nuevo!’ Lo único que voy a hacer es mirar para arriba y preguntar ‘A ver, ¿quién soy yo? Primero respóndame eso. Después, si me gusta ser esa persona, salgo. Y, si no, me quedo acá abajo hasta ser alguien distinto.’… Aunque… ¡Ay!”, gritó Alicia, empezando a llorar otra vez, “¡En el fondo, me gustaría que asomaran las cabezas por el pozo y miraran para abajo! ¡Estoy tan cansada de estar acá solita!”
Al decir eso, se miró las manos, sorprendida al ver que, mientras hablaba, se había puesto uno de los guantecitos de cuero blanco del Conejo. “¿Cómo pude haber hecho esto?”, se preguntó. “Me debo estar achicando de nuevo.” Se puso de pie y se acercó a la mesa para tener una referencia acerca de su tamaño. Según sus cálculos, ahora medía unos sesenta centímetros. Y seguía volviéndose rápidamente cada vez más pequeña. Apenas se dio cuenta de que la razón por la que se estaba achicando era el abanico que tenía en la mano, lo soltó apurada, justo a tiempo para evitar desaparecer.
“¡Me salvé por poco!”, dijo Alicia, bastante asustada por el repentino cambio, pero muy contenta al verificar que seguía existiendo. “Y ahora, ¡al jardín!”, gritó mientras se dirigía a toda velocidad hacia la puertita. Pero, ¡chan!, otra vez estaba cerrada. Y la llavecita dorada de nuevo sobre la mesa de vidrio, igual que antes. “Las cosas están peor que nunca”, pensó la pobre nena, “porque nunca jamás había sido así de chiquitita, nunca! Listo: está todo mal. Demasiado mal.”
Al decir eso, se patinó con uno de sus pies y, de inmediato, ¡splash!: el agua salada le llegaba a la pera. Lo primero que se le ocurrió fue que de alguna manera se había caído en el mar. “Y, en ese caso, voy a poder volver a casa en tren”, se dijo a sí misma. (Alicia había ido a la playa solamente una vez en su vida, pero había llegado a la conclusión general de que, en cualquier lugar de la costa inglesa al que uno fuera, encontraría victorianas casitas de baño con ruedas, chicos escarbando la arena con palas de madera, una hilera de carpas playeras y, más atrás, una estación ferroviaria). No obstante, enseguida se dio cuenta de que estaba en el charco de lágrimas que había formado, al llorar, cuando medía casi tres metros de alto.
“¡Ojalá no hubiera llorado tanto!”, dijo Alicia, mientras nadaba en círculos, tratando de encontrar la manera de salir. “Supongo que ahora estoy recibiendo mi castigo por eso: ¡voy a morir ahogada en mis propias lágrimas! Va a ser una cosa bastante rara, sin duda. Pero bueno, todo es raro hoy.”
Justo entonces escuchó que algo chapoteaba en el charco, no muy lejos, y nadó más cerca para averiguar qué era. Al principio pensó que sería una morsa o un hipopótamo, pero después se acordó de lo chiquita que era ahora, y enseguida comprendió que era sólo un ratón que se había caído adentro del charco, como ella.
“¿Servirá para algo”, pensó Alicia, “conversar con este ratón?” Todo está tan fuera de lugar acá abajo, que probablemente pueda hablar. En fin, con probar no pierdo nada”. Entonces empezó a decirle “Oh, Ratón, ¿usted sabe cómo salir de este charco? Estoy bastante cansada de andar nadando de acá para allá, oh, Ratón.” (Alicia pensó que esa debía ser la manera apropiada de hablar con un ratón: nunca antes había hecho algo así en su vida, pero se acordaba de haber visto, en la Gramática Latina de su hermano: el ratón (nominativo) – del ratón (genitivo) – al ratón (acusativo) – para el ratón (dativo) – oh, ratón (vocativo). El Ratón la miró con curiosidad, pero no dijo nada, aunque a ella le pareció que le había guiñado uno de sus ojitos.
“A lo mejor no entiende español”, pensó Alicia. “A lo mejor es un ratón francés que de los que llegaron con Guillermo el Conquistador”. (Porque a pesar de todos sus conocimientos de Historia, Alicia no tenía demasiado claro cuándo habían pasado algunas cosas.) Entonces empezó de nuevo: “Ou est ma chatte?”, que era la primera frase de su manual de francés. El Ratón saltó repentinamente afuera del agua y empezó a temblar, completamente aterrado. “Oh, por favor, discúlpeme”, se disculpó rápidamente Alicia, con miedo de haber herido los sentimientos del pobre animal. “Me había olvidado que a usted no le gustan los gatos.”
“¡No me gustan los gatos!”, chilló el Ratón exaltado. “¿A vos, en mi lugar, te gustarían los gatos?”
“Bueno, a lo mejor no”, dijo Alicia tratando de calmarlo. “No se enoje por eso. Aunque igual me gustaría presentarle a nuestra gata Dina. Creo que si la conociera empezarían a gustarle los gatos. Es una cosita tan adorable y serena”, siguió diciendo Alicia, un poco para sí misma, mientras nadaba perezosamente en el charco. “Se sienta ronroneando de una manera tan linda frente al fuego, lamiéndose las patitas y lavándose la cara. Es tan suavecita, es hermoso agarrarla a upa… Y es tan habilidosa para cazar ratones… ¡Oh, por favor, discúlpeme”, gritó nuevamente Alicia, porque esta vez el Ratón tenía todos los pelos parados y debía sentirse verdaderamente ofendido. “Si usted prefiere, mejor no conversamos más acerca Dina.”
“¡Mas bien!”, chilló el Ratón. Le temblaba hasta la punta de la cola. “¡Como si yo fuera a conversar sobre semejante tema! Nuestra familia siempre ha odiado a los gatos: seres asquerosos, despreciables y vulgares! ¡No quiero escuchar de nuevo esa palabra!”
“No voy a decirla otra vez”, contestó Alicia, apurándose a cambiar de tema. “¿A usted… a usted le gustan… los… perros?” El Ratón no respondió. Alicia siguió hablando, ansiosa: “Cerca de nuestra casa hay un perrito tan bonito… Me encantaría mostrárselo. Es un terrier chiquito, con ojos brillantes, ¿sabe?, de largo pelaje marrón enrulado. Cuando uno le tira cosas, él las trae. Se sienta para pedir su alimento y sabe hacer muchísimos trucos más… no me acuerdo ni de la mitad… Su dueño es un granjero. Dice que ese animal es tan inteligente que no tiene precio. Mata todas las ratas y… ¡Uy!”, gritó Alicia, arrepentida. “Me parece que lo ofendí de nuevo”. Porque el Ratón nadaba alejándose tan rápido como podía y armando un tremendo remolino en el agua.
Lo llamó con suavidad, “¡Ratoncito, volvé! ¡Te prometo que no vamos a hablar más sobre gatos, ni sobre perros si no te gustan!” Cuando el Ratón la escuchó, se dio vuelta y nadó lentamente de nuevo hasta ella. Tenía la carita bastante pálida (por la impresión, pensó Alicia) y le dijo con voz temblorosa y bajita: “Vamos a la orilla y te cuento mi historia, así vas a entender por qué odio a los gatos y a los perros.”
Ya era hora de salir, porque el charco se iba llenando cada vez más de pájaros y animales: había un Pato, un Dodo, un Loro, un Chimango y muchas otras curiosas criaturas. Alicia tomó la delantera y todo el grupo nadó detrás de ella hasta el borde.

dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.