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El charco de lágrimas (Parte 1 de 3)

“¡Peorísimo y peorísimo!”, gritó Alicia. (Estaba tan sorprendida, que en el momento se olvidó cómo hablar correctamente). “¡Ahora me estoy desplegando como si fuera el telescopio más grande del mundo! ¡Chau, pies!” (Porque cuando se miró los pies, estaban tan lejos que ya quedaban prácticamente fuera de su alcance visual.) “¡Ay, mis pobres piecitos! ¿Y ahora quién les va a poner las medias y los zapatos? Seguro que yo no voy a poder. Voy a estar demasiado lejos para ocuparme de ustedes: se las van a tener que arreglar lo mejor que puedan… Aunque…”, pensó Alicia, “me conviene ser amable con ellos, porque si no, a lo mejor, no van a querer caminar para el lado que yo quiera. A ver… ¡Listo! Les voy a regalar un nuevo par de botas en cada Navidad.”

Y siguió haciendo planes para ver cómo iba a manejar la situación. “Se los voy a tener que mandar por correo”, pensó. “Va a ser gracioso mandarle un regalo a mis propios pies. ¡Y qué extraña será la dirección escrita en el paquete!"

SR. PIE DERECHO DE ALICIA,
ALFOMBRA AL LADO DEL HOGAR,
CERCA DEL FUEGO
(DE ALICIA, CON CARIÑO)

"¡Ay, cuántas pavadas estoy diciendo, che!”

Justo en ese momento se golpeó la cabeza contra el techo del pasillo: ahora medía más de dos metros setenta, así que agarró la llavecita dorada y fue enseguida hacia a la pequeña puerta. ¡Pobre Alicia! Lo mas que podía hacer, acomodada de costado, era mirar hacia el jardín con un solo ojo por el hueco de la puerta. La idea de poder pasar era ahora mas imposible que nunca: se sentó y empezó a llorar de nuevo.

“Tendrías que avergonzarte de vos misma”, dijo Alicia. “Una nena grande, como vos”, (también podría haber dicho “como yo”), “llorando de esta manera. ¡Te digo que la termines, ya!” Pero siguió derramando litros de lágrimas, hasta formar un gran charco alrededor de ella, de casi diez centímetros de profundidad, que ocupaba prácticamente la mitad del pasillo.

Al rato, sintió el sonido de unos pasos a la distancia. Se secó rápidamente las lágrimas, para ver quién se acercaba. Era el Conejo Blanco, que volvía, impecablemente vestido, con un par de guantes blancos en una mano y un gran abanico en la otra: trotaba, muy apurado, murmurando mientras avanzaba: “¡Ay! ¡La duquesa, la duquesa! ¡Ay! ¡Se va a poner como loca si la hago esperar!” Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedirle ayuda a cualquiera. Así que, cuando el Conejo pasó cerca de ella, comenzó a decirle, con una vocecita muy tímida, “Por favor, señor, si usted pud…” El Conejo siguió de largo y, dejando caer el abanico y los guantes blancos, desapareció en la oscuridad tan rápido como pudo.

Alicia levantó los guantes y el abanico. Como en el pasillo hacía mucho calor, empezó a abanicarse mientras decía “¡La pucha! ¡Qué raro es todo hoy! Ayer las cosas estaban normales, como siempre. ¿Me pregunto si a lo mejor habré cambiado durante la noche? A ver, dejame pensar: ¿hoy a la mañana, cuando me levanté, era la misma? Mmm... casi te diría que recuerdo haberme sentido un poquito cambiada. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es, ¿entonces quién soy? ¡Ajá! ¡Ese es el gran enigma! Y empezó a pensar en todos los chicos de su edad que conocía, para ver si se había transformado en alguno de ellos.

Hacia abajo, por la cueva del conejo (Parte 3 de 3)

No parecía tener mucho sentido esperar al lado de la puertita, así que fue de nuevo cerca de la mesa, con la esperanza de encontrar alguna otra llave arriba, o al menos un libro con instrucciones para cerrarse como un telescopio aunque uno sea un ser humano. Pero esta vez, encontró una botellita sobre la mesa (“Que definitivamente no estaba acá antes” dijo Alicia). Alrededor del pico tenía atada una etiqueta de papel, con la palabra “TOMÁME”, hermosamente impresa en letras mayúsculas.

Todo bien con eso de “Tomáme”, pero Alicia era astuta y no iba a hacerle caso a las apuradas. “No, primero voy a mirar”, dijo, “para fijarme si dice ‘veneno’ por algún lado”. Porque había leído varios lindos cuentitos, acerca de chicos quemados, comidos por animales salvajes, o a los que les habían sucedido otras terribles cosas por el estilo, sólo por no haber seguido las sencillas indicaciones de sus amigos: por ejemplo, que un atizador enrojecido por el fuego puede quemarte si lo sostenés en la mano mucho rato, o que si te cortás el dedo con un cuchillo por lo general te sale sangre. Y ella recordaba perfectamente que, si ingerís el contenido de una botella que dice “veneno”, tarde o temprano empezás a sentirte mal.

Pero bueno, esta botella no decía “veneno”, así que Alicia se animó a probar lo que había adentro. Y como le gustó mucho (su sabor era una mezcla de tarta de cerezas, crema, ananá, pollo a la parrilla, chocolate y tostadas tibiecitas untadas con manteca) enseguida se lo terminó de tomar todo.

“¡Qué sensación más rara!”, dijo Alicia, “Debo estar cerrándome como un telescopio.”

Tal cual: ahora medía sólo veinticinco centímetros. Y se le iluminó la cara cuando se dio cuenta de que tenía el tamaño apropiado para entrar a ese hermoso jardín pasando por la puertita. Igual, primero esperó algunos minutos, por si se achicaba más: la idea la ponía un poco nerviosa. “Porque, viste, esto podría terminar”, se dijo Alicia, “conmigo consumiéndome como si fuera una vela. Me pregunto qué parecería entonces.” Y trató de imaginarse la llama de una vela después de soplada, porque no recordaba haber visto nunca una cosa así.

Después de un rato, al ver que no pasaba nada más, decidió irse de una buena vez para el jardín. ¡Pero, pucha, pobre Alicia! Al llegar a la puerta, se dio cuenta de que se había olvidado la llavecita dorada. Y cuando quiso ir a la mesa a buscarla, se avivó de que no había manera de alcanzarla: podía verla, claramente, a través del vidrio. Hizo su mejor esfuerzo para trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbalosa. Agotada de tanto intentarlo, la pobre se sentó en el piso y se puso a llorar.

“¡Bueno, basta! ¡No sirve de nada llorar así!”, se dijo Alicia de manera bastante cortante. “¡Te recomiendo que la termines ya mismo!” Normalmente se daba buenas recomendaciones (Aunque pocas veces las tenía en cuenta). En algunos casos, se retaba con tanta severidad, que se hacía llorar. Recordaba aquella vez que intentó tirarse de las orejas porque se había hecho trampa en un juego de croquet compitiendo contra sí misma. Porque a esta nenita rara le encantaba imaginarse como dos personas a la vez. “Pero ahora no tendría sentido”, pensó la pobre Alicia, “hacer de cuenta que soy dos. Lo que queda de mí es tan poco que a gatas me alcanza para ser más o menos una.”

Enseguida vio una cajita de vidrio que estaba debajo de la mesa. La abrió y encontró adentro una torta muy chiquitita, con la palabra “COMÉME” formada con frutos del bosque, a modo de preciosa decoración. “Bueno, me la voy a comer”, dijo Alicia, “si hace que crezca, voy a poder alcanzar la llave, y si hace que me achique todavía más, voy a poder pasar por debajo de la puerta. De un modo o del otro, voy a poder ir para el jardín, así que no me importa lo que pase.”

Probó un poquito y se preguntó, ansiosa: “¿Para arriba o para abajo? ¿Para arriba o para abajo?”, con la mano puesta sobre su cabeza, para ver si estaba creciendo o no. Se sorprendió un poco al notar que seguía teniendo el mismo tamaño. Está bien, eso es lo que por lo general pasa cuando uno come un pedazo de torta, pero como Alicia ya se había acostumbrado a esperar que sucedieran cosas raras, le parecía un poco tonto y aburrido que la vida volviera a su curso normal.

Así que siguió con lo suyo y enseguida terminó de comerse toda la torta.

Continuará...

Hacia abajo, por la cueva del conejo (Parte 2 de 3)

Enseguida empezó otra vez. “Me pregunto si caeré atravesando toda la Tierra. ¡Qué cómico sería salir en medio de las personas que caminan con las cabezas para abajo! Creo que son los Antipáticos…” (Ahora estaba bastante contenta de que nadie la estuviera escuchando, porque esa última palabra no le había sonado del todo correcta) “Pero tendría que preguntarles cómo se llama ese país, claro. ¿Disculpe, señora, esto es Nueva Zelanda o Australia?” (Y trataba de hacer una reverencia mientras hablaba. Imagínense, tratar de hacer una reverencia durante una caída libre por el aire. ¿Ustedes podrían?) “¡Pero si le pregunto eso ella va a pensar que soy una nena muy ignorante! No, no voy a preguntarlo: a lo mejor puedo ver escrito el nombre del país por algún lado.”

Abajo, abajo, abajo. No había nada más para hacer, así que Alicia empezó a hablar de nuevo. “¡Me parece que Dinah me va a extrañar mucho esta noche!" (Dinah era la gata.) “Espero que se acuerden de darle su platito con leche a la hora del té. ¡Dinah, mi amor, ojalá estuvieras acá abajo conmigo! Me temo que no hay ratones en el aire, pero podrías atrapar un murciélago, se parecen bastante a los ratones, sabés. ¿Me pregunto si los gatos comerán murciélagos?” Y entonces Alicia empezó a sentir una especie de somnolencia y siguió hablando consigo misma, pero como en un sueño. “¿Los gatos comen murciélagos? ¿Los gatos comen murciélagos?” Y, a veces, “¿Los murciélagos comen gatos?” Porque, bueno, como no sabía la respuesta para ninguna de las dos preguntas, el orden de las palabras no importaba mucho. Sintió que se dormía. Y justo había empezado a soñar que estaba caminando de la mano con Dinah, diciéndole, muy seriamente, “A ver, Dinah, contáme la verdad, ¿alguna vez comiste un murciélago?”, cuando de repente, ¡pumba!, chocó contra un montón de ramitas y hojas secas. Entonces la caída se terminó.

Alicia no se lastimó ni un poquito. Se paró enseguida. Miró para arriba, pero, más allá de su cabeza, estaba todo muy oscuro. Delante de ella había otro largo túnel y pudo ver cómo el Conejo Blanco corría atravesándolo. No había un segundo que perder: Alicia salió disparada, rápida como el viento, justo a tiempo para escucharlo decir, al tomar una curva: “Ay, que las orejas y los bigotes me protejan, pero qué tarde que se está haciendo!” Ella estaba apenas detrás de él, pero, una vez que dobló, el Conejo no se veía por ningún lado. Alicia se encontró dentro de un pasillo largo y estrecho, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo.

Había puertas a lo largo de ambos lados del pasillo, pero todas estaban cerradas. Una vez que Alicia recorrió las dos paredes laterales, yendo, viniendo e intentando abrir, en vano, cada una de las puertas, caminó entristecida hacia el centro, preguntándose cómo iba a lograr salir de nuevo.

Entonces se chocó contra una mesita de vidrio, con tres patas. No tenía nada arriba, excepto una llave dorada y chiquitita. Lo primero que pensó Alicia fue que tenía que pertenecer a alguna de las puertas del pasillo. Pero las cerraduras eran muy grandes, o la llave era muy chiquita, porque no hubo manera de abrir ninguna. Hasta que Alicia vio una cortinita que no había visto antes. Atrás de la pequeña cortina había una puerta que medía unos treinta y ocho centímetros de alto: metió la llavecita dorada en la cerradura y, llena de alegría, vio que entraba.

Alicia abrió la puerta y descubrió que conducía a un pequeño pasadizo, no mucho más amplio que la cueva de un ratoncito. Se arrodilló, miró a través del agujero, y pudo ver el jardín más hermoso del mundo. Quería salir del pasillo oscuro y pasear entre esas flores de colores y esas fuentes refrescantes, pero por la puertita no le pasaba ni la cabeza. “Y aunque mi cabeza pasara”, pensó la pobre Alicia, “no me serviría mucho sin los hombros. Ufa, ojalá pudiera cerrarme, como un telescopio. Es más, si supiera cómo empezar, estoy segura de que podría hacerlo.” Porque, bueno, verán ustedes, últimamente habían sucedido tantos hechos impensables, que Alicia ya había empezado a creer que había muy pocas cosas verdaderamente imposibles.

Continuará...

Hacia abajo, por la cueva del conejo (Parte 1 de 3)

Alicia ya empezaba a sentirse bastante cansada de estar ahí con su hermana, sentada en el banco, sin nada que hacer: había pispiado una o dos veces las páginas del libro que ella estaba leyendo, pero no tenían dibujos ni diálogos. “¿Para qué puede servir un libro sin dibujos ni diálogos?”, pensó Alicia.

Evaluaba mentalmente (dentro de lo posible, porque el día era muy caluroso y la hacía sentir bastante adormecida y estúpida) si para darse el gusto de armar una guirnalda de margaritas valdría la pena el esfuerzo de pararse y de ir a cortarlas, cuando de repente un Conejo Blanco con ojos rosados pasó corriendo cerca de ella.

No había nada particularmente extraño en esa situación. A Alicia tampoco le pareció desconcertante escuchar que el Conejo hablaba consigo mismo y decía “¡Ay, no! ¡Ay, no! ¡Voy a llegar tarde!” (un poco después, al pensarlo de nuevo, se dio cuenta de que tendría que haberse sorprendido, aunque en aquel momento le había parecido bastante normal). Pero ya cuando el Conejo sacó un reloj del bolsillo del chaleco, lo miró y apuró el paso, Alicia empezó a ponerse de pie, porque se avivó de que nunca antes había visto un conejo con un bolsillo en el chaleco, ni con un reloj adentro del bolsillo. Muerta de curiosidad, atravesó el campo corriendo detrás del animal, con tanta suerte, que justo alcanzó a verlo meterse por un enorme agujero cavado bajo los arbustos.

Alicia se metió adentro inmediatamente después que él, sin pensar, ni una sola vez, en cómo cuernos iba a poder salir de nuevo.

La cueva era recta, casi como un túnel, durante el comienzo del trayecto, pero después descendía de manera abrupta, tan abrupta, que Alicia no dispuso siquiera de un segundo para pensar en detenerse, antes de comenzar a sentirse caer por un pozo muy profundo.

Bueno, o el pozo era muy profundo, o ella descendía muy lentamente, porque tuvo muchísimo tiempo, mientras iba bajando, para preguntarse qué iba a pasar después. Primero, trató de mirar para abajo y de darse cuenta hacia dónde iba, pero estaba demasiado oscuro como para ver nada. Después, miró hacia los costados del pozo y notó que estaban repletos de aparadores y de bibliotecas; vio mapas y cuadros colgados en clavos por todos lados. Mientras caía, agarró un frasco de uno de los estantes. La etiqueta decía “Mermelada de naranja”, pero se desilusionó al ver que estaba vacío. No quiso tirarlo, por miedo de matar a alguien, entonces, mientras seguía cayendo, se las ingenió para poner el frasco en otro de los aparadores.

“Bueno”, pensó Alicia, “después de una caída como esta, tropezarme en la escalera me va a parecer una pavada. ¡Qué valiente van a pensar que soy en casa! Incluso si me cayera del techo, también diría que no es nada.” (Cosa que era muy cierta.)

Abajo, abajo, abajo. ¡La caída no iba a terminar nunca! “¿Me pregunto cuántos kilómetros habré bajado ya?”, dijo en voz alta. “Tengo que haber llegado cerca del centro de la Tierra. A ver… Eso serían unos seis mil cuatrocientos kilómetros, creo…” (Alicia había aprendido muchas cosas de este tipo en la escuela, saben, y aunque ese no era el mejor momento para demostrar su conocimiento, porque no había nadie que pudiera escucharla, decirlo en voz alta seguía siendo una buena oportunidad para repasarlo.) “… Sí, esa debe ser la distancia correcta… Pero, entonces, ¿hasta qué latitud o longitud habré llegado?” (Alicia no tenía la menor idea de qué era una “latitud” o una “longitud”, pero le parecían palabras enormes y hermosas para pronunciar.)

Continúará...

La puerta

Había una vez un nene chiquito que no sabía si quería nacer.
Su mamá tampoco sabía si quería que él naciera.
Vivían solos, en una cabaña, en el bosque, sobre una isla, en medio de un lago.
Y en el piso de la cabaña había una puerta.
El nene chiquito tenía miedo de lo que pudiera haber debajo de esa puerta.
Su mamá también tenía miedo.
Mucho tiempo atrás, en Navidad, otros nenes habían visitado la cabaña, pero abrieron la puerta del piso y desaparecieron por ese agujero.
La mamá trató de buscarlos, pero de ahí abajo salió un sonido tan terrible, que el pelo se le volvió completamente blanco, como el de un fantasma.
Además, también vio algunas cosas. Cosas inimaginables de tan horribles.
Por eso no estaba segura de si quería tener un nene chiquito o no, por lo que pudiera haber debajo de esa puerta.
Pero pensó: "¿Por qué no? Simplemente le voy a decir que no la abra".
El nene chiquito todavía no sabía si quería nacer en un mundo donde existiera esa puerta.
Pero como también había algunas cosas hermosas en el bosque, sobre la isla y en el lago, pensó: "¿Por qué no intentarlo?"
Entonces nació y fue feliz.
Su mamá también fue feliz otra vez.
Siempre, al menos una vez por día, ella le recordaba: "Nunca, nunca, nunca, nunca jamás abras esa puerta."
Pero, claro, él era chiquito.
Si vos fueras el nene, ¿no querrías abrirla?


El texto original forma parte del guión de la película "The Door in the Floor", del año 2004, cuya trama se basa en l la novela de John Irving, "A Widow for one year". La traducción, libre, me pertenece.

There was a little boy who didn't know ifhe wanted to be born.
His mommy didn't know if she wanted him to be born either.
They lived in a cabin in the woods on an island in a lake, and there was no one else around.
And in the cabin there was a door in the floor.
The little boy was afraid of what was under the door in the floor, and the mommy was afraid too.
Once, long ago, other children had come to visit the cabin for Christmas, but the children had opened the door in the floor and had disappeared down the hole.
The mommy had tried to look for the children, but when she opened the door in the floor she heard such an awful sound that her hair turned completely white like the hair of a ghost.
And the mommy had also seen some things, things so horrible you can't imagine them.
And so the mommy wondered if she wanted to have a little boy, especially because of everything that might be under the door in the floor.
And then she thought, 'Why not? I'll just tell him not to open the door in the floor.'
Yet the little boy still didn't know if he wanted to be born into a world where there was a door in the floor.
But there were some beautiful things in the woods, on the island and in the lake.
'Why not take a chance? 'he thought.
And so the little boy was born and he was happy, and his mommy was happy again too.
Although she told the boy at least once every day, 'Don't ever, not ever,'never, never, never open the door in the floor.'
But, of course, he was only a little boy.
If you were that little boy, wouldn't you want to open that door in the floor?

Si, como el griego afirma en el Cratilo...

Como espejitos de colores, trajeron a nuestramérica las mismas palabras que, siglos después, ayudarían a conjurar la masacre perpetrada. Una de ellas, en particular, llegó siendo ya casi un objeto. El hombre armado que bajó del barco se la había escuchado decir a una francesa, que la había aprendido de un persa, al que se la había enseñado una mujer árabe, tras oirla, alguna vez, de un griego, en Bizancio. Los sujetos, las naciones son metáforas, las lenguas, en cambio, siempre han sido cosas más concretas. Más significante que significado, más referente que signo, el decurso etimológico de aquella palabra, "talismán", la trajo a nuestras costas apretada entre los dedos y los labios, en bolsillos y en gargantas, superticiosa e idólatra, como espejo para el mundo de los dioses, las mujeres y los hombres aplastados por la cruz. Bajaron de los barcos con crucifijos y talismanes, con silencios de colores y espejitos de palabras.


Un horizonte de perros

La palabra "latir" es el cultismo de "ladrar". Ambas derivan del verbo latino "glattire", que es onomatopéyico y significa "dar ladridos". Recién en 1490 se registra, por primera vez, la idea de "latir" vinculada con el movimiento rítmico del corazón o de las arterias, tal como conocemos actualmente a esa palabra. La asociación debe tener que ver con la agitación del animal al ladrar, pero no deja de ser curioso. Cuando nos late el corazón, nosotros, los humanos, ¿qué voz ahogamos?

Los dragones

    no
    Joaquín
    si volvieran
    serían sólo serpientes
    a lo sumo un destello de escamas
    pinceladas de verde
    sin fuego
    sin alas


dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.