datos de las manos que teclean

La Flautista (que no era de Hamelin)


El funcionario a cargo de la división municipal de control y previsión de plagas acababa de ser despedido por inepto. Y para su hermano, el intendente, las cosas no iban mucho mejor. En menos de quince días, la ciudad se había llenado de ratas y de ratones. Colapsadas las líneas telefónicas por interminables reclamos y denuncias, los ciudadanos trasladaban su protesta a las calles y demandaban al municipio la inmediata eliminación de los roedores. Cuando la repartición de bromatología e higiene, también desbordada por las quejas, se vio obligada a cerrar sus puertas, el intendente despidió a su cuñada, decidió que ya era suficiente y convocó a los funcionarios que le quedaban para una urgente reunión familiar en su despacho.


El balcón del palacio municipal ofrecía una impagable panorámica de la ciudad: la gran marea humana, exacerbada por la ineficiencia del gobierno, se mezclaba con la inacabable corriente de lauchas en movimiento. Todas las panaderías, almacenes, supermercados, depósitos y fábricas habían sido ya arrasados. Las ratas circulaban por cañerías, acequias, canaletas, cableados telefónicos, fibra óptica y hasta vías férreas. Salían de los armarios, se enredaban en los ovillos de las abuelas, mordisqueaban las almohadas, descendían por las cortinas, se multiplicaban en los espejos, desparramaban tizas, atravesaban gallineros, espantaban elefantes, destrozaban diarios y, para abreviar, devoraban todo lo que encontraban a su paso. Cuando la gente comenzó a agolparse frente al municipio al grito de “que se vayan todas”, el intendente mandó desalojar las calles, pero el jefe de policía le explicó a su primo que sería imposible calmar a la multitud hasta no deshacerse de la última laucha. Afirmó, además, que sus hombres no iban a colaborar con el exterminio, por solidaridad con los roedores y porque, bien mirada, la tarea no era plenamente de su incumbencia.


Desahuciado ante el cariz que tomaba la situación, el gobernante retó con severidad a su asesor económico por no haber incluido una partida para plaguicidas en el presupuesto anual. Lo mandó a dormir sin cenar y decidió que lo mejor sería difundir la oferta de una suculenta recompensa para quien le encontrara una solución al problema de los ratones. Tal como su esposo se lo solicitara, la vocera municipal se contactó con los medios de prensa locales y la noticia se propagó casi tan rápidamente como las ratas.


En las afueras, vivía una vieja profesora de música jubilada, capaz de entonar maravillosas melodías con una antigua flauta que había permanecido en su familia durante generaciones. Al escuchar por radio la desesperada situación que atravesaba la ciudad, recordó el secreto que su abuela Siringa le había revelado cuando era muy pequeña. Pensó que a su magro sueldo no le vendría mal un poco de dinero extra, se puso la capa y sin perder tiempo se encaminó hacia la municipalidad. Atravesó con dificultad la ciudad, esquivando ratas, muchedumbre y pancartas. Finalmente logró llegar al despacho del intendente y le explicó que podía solucionar el problema de los roedores a cambio de un aumento en su jubilación. El gobernante estaba tan seguro de que esa vieja no podría dominar la situación, que accedió sin dudarlo.


Confiando en su palabra, la mujer se paró en la entrada del municipio y comenzó a entonar la antiquísima melodía que su abuela le había enseñado cuando era niña. La música calma a las fieras. Dicho y hecho, la gente inmediatamente dejó de protestar para escuchar esos bellos sonidos. Sin dejar de tocar, la extraña flautista se abrió paso entre la muda marea humana y los ratones comenzaron a seguirla como extasiados. Inmutable, la mujer siguió entonando su cautivante melodía mientras avanzaba hacia las afueras de la ciudad, llevándose la plaga y restituyendo la tan ansiada calma a funcionarios y ciudadanos. Caminó y caminó hasta llegar a un río cercano. Entonces, sin detener la música, sacó de entre los pliegues de su capa un libro de cuentos infantiles, lo abrió en “El Flautista de Hamelin” y observó cómo los roedores se sumergieron uno tras otro entre sus páginas, al son de la bella melodía. Una vez que el último estuvo adentro, cerró el cuento con agilidad, guardó la flauta en su estuche y emprendió el regreso.


Todos los habitantes de la ciudad festejaban. Las reparticiones municipales volvían lentamente al trabajo, los funcionarios recuperaban sus empleos y el intendente notificaba oficialmente al pueblo que, gracias a un estratégico plan desarrollado por sus hábiles asesores, ratas y ratones se habían ido para no volver. En realidad, nadie sabía cómo se había solucionado el asunto, ni siquiera el intendente. Pero como todo parecía en orden, decidieron llevarse el rédito. La vieja profesora jubilada pensó que a la gente no le vendría mal recuperar un poco la confianza en el gobierno, y que después del escarmiento tal vez el municipio fuera más previsor en el futuro. Cuando se presentó a cobrar, afirmó que no tenía delirios de grandeza ni de reconocimiento público, que sólo pedía lo prometido a cambio de la tarea realizada, y que no desmentiría la versión oficial del municipio. Una vez que terminó de reírse, el intendente negó haberle prometido nada, la mandó a volver por donde vino y le dijo que se fuera con la música a otra parte.


La vieja mujer nada respondió. Dio media vuelta, sacó nuevamente la flauta, le hizo un par de arreglos personales a la antiquísima melodía de su abuela y se fue tocando una nueva canción, casi igual pero diferente. Instantáneamente comenzaron a agruparse detrás de ella los Ratones Paranoicos, los de Rata Blanca y los Super Ratones también. Las revistas, libros, televisores, pantallas de cine y parlantes de la ciudad quedaban vacías de roedores, mientras la vieja docente jubilada se alejaba seguida por Jerry, Speedy González, Super Mouse, Mickey, Minie, Pinky, Cerebro, Stuart Little, Osvaldo Ratín, el ratón Ayala, Pérez (el de los dientes), el del campo, el de la ciudad, el que liberó al león, la tanguera rata cruela, los tres ratones ciegos, el Laucha de Payró, los ratones de Porcel, la siempre sancionada rateada escolar, y los millares de lauchas y ratis restantes. No quedó un solo mouse en toda la ciudad y el precio de los teclados se fue por las nubes.


Una vez más, no había nadie sin razones para protestar. Cada cual por sus motivos, abuelos, adultos, adolescentes y niños fueron saliendo a la calle y un griterío infernal se filtraba por el balcón municipal. La gente consideraba intolerable la censura instaurada por el estratégico plan de los asesores del intendente: estudiantes privados de faltar a la escuela sin avisar, dibujitos animados incompletos, almohadas con dientes impagos, clubs de fans furiosos, la Disney y la Warner a punto de quebrar, Microsoft indignado, bibliotecas medio vacías, el fútbol que ya nunca sería el mismo, fábulas sin moraleja, el propio Gardel con la letra cambiada y ni un solo policía en la ciudad.


“¡Traigan a la vieja! ¡Denle una jubilación de privilegio! ¡Oblíguenla a solucionar este desquicio!”, gritaba el intendente. Pero nadie sabía dónde encontrarla, porque ni siquiera le habían preguntado el nombre.


Cuenta la leyenda que, agotadas todas la opciones razonables, al intendente no le quedó más remedio que anunciar un aumento de sueldo para todos los jubilados y sentarse a esperar. Nos gustaría afirmar que, cuando la profesora de música jubilada cumplió su parte del pacto y liberó a los célebres roedores, el alcalde juró no romper nunca más una promesa, pero lamentablemente la leyenda no dice nada al respecto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Definitivamente algunos de tus cuentos estaran en mis planificaciones 2010.

Jurado 3

dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.