datos de las manos que teclean

Un cuento para lobos

Había una vez un lobo que se llamaba Capucha y vivía con su mamá, en una madriguera escondida en el bosque. Le decían Capucha porque una vez se enredó con un buzo de esos con capucha, que alguien se había olvidado enganchado en una rama, y nunca más se lo pudo sacar.

Como su abuelita se engripó, la mamá le pidió a Capucha que fuera a visitarla, para llevarle algunas frutas frescas. Capucha estaba contento, le encantaba ir a la madriguera de la abuela, porque ella siempre le convidaba insectos y le hacía mimos en el hocico.

Cuando ya salía, la mamá le dijo que tomara la precaución de ir por el camino más corto, que atravesaba el bosque, y no por el más largo, que estaba cerca de la ruta. Capucha dijo que sí, pero no tenía muchas ganas de hacerle caso a su mamá. Era un día hermoso, había sol, y le parecía mucho más interesante ir por el camino más largo, para disfrutar el paisaje. Así que se hizo el oso, cosa que a los lobos siempre le sale muy bien, y no obedeció el consejo.

Iba distraído, por el sendero que pasaba cerca de la ruta, cuando de repente, desde atrás de un arbol, apareció una nena.

–¿Cómo te llamás? –le preguntó ella.
–Me dicen Capucha. –dijo el lobo.
–¿Y a dónde vas? –preguntó la nena.
–Voy a la madriguera de mi abuela a llevarle algunas frutas frescas, porque está enferma –contestó Capucha.
–Bueno, no te demores, que tu abuela te tiene que estar esperando –dijo ella, haciéndose la inocente.

El pobre Capucha no sospechó nada y se fue caminando tranquilo, pero la nena, que era muy astuta, decidió ir por el sendero más corto, que atravesaba el bosque, y llegó primero a la madriguera.

Como la abuela no estaba, la nena aprovechó para ponerse una campera de peluche que tenía guardada adentro de la mochila. Hizo un par de nudos con una soga, se metió adentro de la cueva y esperó a que llegara el lobo. Pero cuando Capucha llegó, la situación le pareció un poco rara.

–¿Te sentís bien? –preguntó el lobo.
–Sí, Capucha, ¿por qué me lo preguntas? –dijo la nena.
–Bueno, para empezar, porque estás metida en la madriguera de mi abuela, nena –contestó Capucha. Y antes de que ella pudiera decir otra cosa, agregó: –Aunque te hayas puesto esa campera con peluche, se nota que tenés orejas más chicas, ojos más chicos, manos más chicas y dientes más chicos que los de mi abuela –explicó el lobo. Y justo cuando la nena iba a hablar, Capucha insistió: –Lo que no entiendo, es para qué te disfrazaste y te metiste adentro de la cueva. Es obvio que no sos mi abuela.

Entonces la nena gritó: –¡¡¡Para atraparte mejor!!!–. Simultáneamente, tiró de la soga y accionó una trampa que lo dejó al lobo colgando de un árbol, atado de una pata.

Asustado, Capucha empezó a aullar. La abuela, que estaba cerca, lo escuchó y volvió corriendo hasta la madriguera. Junto con ella llegó también otro lobo, que pasaba por ahí, y entre los dos mordisquearon la soga hasta cortarla y soltar al pobre Capucha.

–¡Auch! –dijo él cuando cayó al piso con un sonoro golpe.

Entonces se hizo un silencio medio incómodo.

Capucha miró a la abuela, la abuela miró al otro lobo, el otro lobo miró a Capucha y, de repente, los tres lobos miraron a la nena...

2 comentarios:

Ana Miravalles dijo...

ahhh!!!! muy bueno

gabis dijo...

Mmm... a mi me quedó picando esa entradita sobre Nietzche y los filólogos... Beso!

dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.