Alicia en el País de las Maravillas
Capítulo 2
datos de las manos que teclean
El charco de lágrimas
Hacia abajo, por la cueva del conejo
Alicia en el País de las Maravillas
Capítulo 1
Alicia ya empezaba a sentirse bastante cansada de estar ahí con su hermana, sentada en el banco, sin nada que hacer: había pispiado una o dos veces las páginas del libro que ella estaba leyendo, pero no tenían dibujos ni diálogos. “¿Para qué puede servir un libro sin dibujos ni diálogos?”, pensó Alicia.
Había una vez
Lo que más le gustaba era rozar el brillo tornasolado de sus escamas con la punta de los dedos, mientras cebaba lentos mates amargos a la sombra del almendro. Se había acostumbrado a sentir el peso del mentón sobre las alpargatas de yute. El pasto se combaba suavemente, mientras lo escuchaba respirar a sus pies. Llevaban años acompañándose en silencio. No había reyes, ni princesas, ni seres imaginarios. Jorge y el dragón vivían tranquilos.
La puerta
Ana, la princesa y la rana
Había una vez, en un reino muy lejano, una hermosa princesa que se llamaba Celeste.
–¿Qué es un reino? –preguntó Ana.
Ana tiene seis años y le encanta escuchar cuentos, pero lo que más le gusta es hacer preguntas.
–Un reino es como un país –contestó Marcela.
Marcela, la novia de Alejandro, el papá de Ana, es una genia contando cuentos. Por eso Ana siempre trata de que le lea alguno, mientras él prepara la cena.
–¿Entonces nosotros vivimos en un reino? –preguntó Ana.
–No, nosotros vivimos en un país –contestó Marcela.
–¿Y no es lo mismo? –insistió Ana.
–No, no es lo mismo. En los reinos hay reyes, en los países hay presidentes. Nosotros tenemos un presidente, no tenemos un rey –dijo Marcela.
–No, nosotros no tenemos presidente, tenemos presidenta. ¿No es cierto, papá? –corrigió Ana.
–Sí, Ana. Nosotros tenemos una presidenta. Pero lo que te trataba de explicar Marcela es que un rey y un presidente son dos cosas distintas. Para poder ser presidente, te tiene que votar y elegir la mayoría de la gente que vive en tu país. Para ser rey, tenés que ser hijo de otro rey –intervino Alejandro, asomándose desde la cocina.
–Ah... ¿Y al rey que fue padre del primer rey quién lo eligió? –preguntó Ana confundida.
Se hizo un silencio. Marcela lo miró a Alejandro como pidiendo auxilio. Y entonces él dijo: –Eso paso hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda. ¿Por qué no seguís escuchando la historia?
Aunque Ana no quedó del todo conforme con la respuesta, Marcela aprovechó el momento para retomar
Había una vez, en un reino muy lejano, una hermosa princesa que se llamaba Celeste. Y como su hija ya tenía edad para casarse, el rey decidió...
–¿Cuál es la edad para casarse? –interrumpió Ana.
–En realidad, no existe una “edad para casarse”. Lo que quiere decir el cuento es que la princesa no era una nena, sino una mujer y que entonces, si quería, podía casarse –aclaró Marcela, acariciándole la cabeza a Ana, y apurándose a seguir antes de que se le ocurriera una nueva pregunta.
Y como su hija ya tenía edad para casarse, el rey decidió invitar a todos los jóvenes nobles del reino a una cena en el palacio, para que Celeste eligiera entre ellos al que más le gustara como esposo.
–¿Qué es un noble? –preguntó Ana.
–Un noble era casi como un rey o un príncipe. En aquella época, las princesas sólo podían casarse con nobles –explicó Marcela, aunque notó que a Ana no la convencía del todo la respuesta.
–Y si la princesa se enamoraba de alguien que no era noble no se podía casar –dedujo Ana.
–Exactamente –contestó Marcela. Aunque Ana no la iba a dejar seguir con el cuento sin preguntar dos o tres cosas más.
–Bueno, pero entonces la princesa se podía ir a vivir con la persona que ella quería sin casarse y listo, ¿no? Como vos con papá, que no están casados. O como mamá y Fabián, que tampoco están casados –dijo Ana.
–No, en realidad las princesas no podían irse a vivir con alguien, tenían que casarse o seguir viviendo con sus padres –explicó Marcela.
Y antes de que Ana pudiera hacerle otra pregunta, se apuró a seguir leyendo.
Celeste estaba muy triste, porque no quería casarse. Tan triste estaba, que llevaba ya varias noches sin poder dormir. Entonces, de repente, escuchó a una rana croando en el jardín, debajo de su ventana...
–Ufa, Marcela, no sigas, me parece que ya lo conozco ese cuento. Es como aquel otro del príncipe sapo, ¿no? Mejor vamos a cenar –dijo Ana.
Después de comer, mientras Marcela retiraba los platos de la mesa, Alejandro le preguntó a Ana si no quería que le terminara de leer el libro que le había regalado la abuela Nora.
–No, papá, gracias. –Contestó Ana. –Debe ser como el del príncipe sapo. La rana le va a pedir a Celeste que le de un beso. Seguro que después del beso se transforma en una chica y que al final las dos se casan. Todos los cuentos con princesas son igual de aburridos.
Marcela y Alejandro se miraron confundidos.

El Verdadero Flautista
Aunque a decir verdad no fue exactamente una plaga, sino más bien la masiva asistencia de parientes y amigos al casamiento del ratón González con la ratona García, radicados ambos en Hamelin desde hacía algunos años. No hubo roedor que quisiera perderse tamaño acontecimiento. Los festejos se extendieron más de un mes y la paciencia de los ciudadanos se agotó a la par que las reservas de alimentos. Es cierto que el alcalde ofreció una recompensa a cambio de una solución, pero es falso que el flautista se propusiera deshacerse de los ratones. El hecho en sí tuvo más de suerte que de estrategia. Con la panadería intransitable de tramperas y frascos de raticida vacíos, harto de que los nuevos visitantes devoraran incluso las bolsas de harina que guardaba en el depósito, el flautista decidió que ya era suficiente. Quiso gritar de indignación, pero sólo pudo articular las tres notas de costumbre, con tanta mala suerte para nuestra especie, que al soltarlas le pegó con el codo a un frasco que había sobre la mesa y el contenido se desparramó sobre el cuerpo de los ratones presentes. Sí, era exactamente eso lo que había adentro del envase. Como ningún humano debe saber y todo roedor sabe bien, es absolutamente nocivo para nosotros. Apenas nos roza sufrimos una terrible alergia, empezamos a estornudar en medio de una insoportable picazón y nos es imposible evitar el inmediato contagio. El mal se expande en cuestión de segundos, y sólo podemos calmarlo con agua. Esa es la razón por la que todos los ratones de Hamelin terminaron en el río. Pero no es cierto que hayan muerto ahogados. Curados de la picazón y ante los festejos del casamiento interrumpidos, simplemente nadaron hasta la otra orilla y regresaron a sus hogares.
De todas formas, en Hamelin se corrió la voz de que la solución había salido de la panadería. Y con el paso del tiempo la gente se fue olvidando de que el flautista tenía menos oído musical que el gato Herminio después del episodio de la tapia. A los humanos les encantan los mitos, y parece ser que los griegos contaban uno acerca de Orfeo, un músico capaz de hacerse seguir hasta por piedras y árboles gracias a su talento. Lógicamente, no tardaron mucho en mezclar las dos historias. Y como a los humanos también les encanta que los cuentos sean adecuados y permitan a sus hijos aprender cosas buenas, casi inmediatamente agregaron el mal ejemplo del alcalde que se desdijo de su promesa.
dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones
"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."
de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.
dijo BORGES sobre las traducciones
¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.
Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.

