datos de las manos que teclean
La llamada
Había una vez
Lo que más le gustaba era rozar el brillo tornasolado de sus escamas con la punta de los dedos, mientras cebaba lentos mates amargos a la sombra del almendro. Se había acostumbrado a sentir el peso del mentón sobre las alpargatas de yute. El pasto se combaba suavemente, mientras lo escuchaba respirar a sus pies. Llevaban años acompañándose en silencio. No había reyes, ni princesas, ni seres imaginarios. Jorge y el dragón vivían tranquilos.
Un cuento para lobos
Había una vez un lobo que se llamaba Capucha y vivía con su mamá, en una madriguera escondida en el bosque. Le decían Capucha porque una vez se enredó con un buzo de esos con capucha, que alguien se había olvidado enganchado en una rama, y nunca más se lo pudo sacar.
Como su abuelita se engripó, la mamá le pidió a Capucha que fuera a visitarla, para llevarle algunas frutas frescas. Capucha estaba contento, le encantaba ir a la madriguera de la abuela, porque ella siempre le convidaba insectos y le hacía mimos en el hocico.
Cuando ya salía, la mamá le dijo que tomara la precaución de ir por el camino más corto, que atravesaba el bosque, y no por el más largo, que estaba cerca de la ruta. Capucha dijo que sí, pero no tenía muchas ganas de hacerle caso a su mamá. Era un día hermoso, había sol, y le parecía mucho más interesante ir por el camino más largo, para disfrutar el paisaje. Así que se hizo el oso, cosa que a los lobos siempre le sale muy bien, y no obedeció el consejo.
Iba distraído, por el sendero que pasaba cerca de la ruta, cuando de repente, desde atrás de un arbol, apareció una nena.
–¿Cómo te llamás? –le preguntó ella.
–Me dicen Capucha. –dijo el lobo.
–¿Y a dónde vas? –preguntó la nena.
–Voy a la madriguera de mi abuela a llevarle algunas frutas frescas, porque está enferma –contestó Capucha.
–Bueno, no te demores, que tu abuela te tiene que estar esperando –dijo ella, haciéndose la inocente.
El pobre Capucha no sospechó nada y se fue caminando tranquilo, pero la nena, que era muy astuta, decidió ir por el sendero más corto, que atravesaba el bosque, y llegó primero a la madriguera.
Como la abuela no estaba, la nena aprovechó para ponerse una campera de peluche que tenía guardada adentro de la mochila. Hizo un par de nudos con una soga, se metió adentro de la cueva y esperó a que llegara el lobo. Pero cuando Capucha llegó, la situación le pareció un poco rara.
–¿Te sentís bien? –preguntó el lobo.
–Sí, Capucha, ¿por qué me lo preguntas? –dijo la nena.
–Bueno, para empezar, porque estás metida en la madriguera de mi abuela, nena –contestó Capucha. Y antes de que ella pudiera decir otra cosa, agregó: –Aunque te hayas puesto esa campera con peluche, se nota que tenés orejas más chicas, ojos más chicos, manos más chicas y dientes más chicos que los de mi abuela –explicó el lobo. Y justo cuando la nena iba a hablar, Capucha insistió: –Lo que no entiendo, es para qué te disfrazaste y te metiste adentro de la cueva. Es obvio que no sos mi abuela.
Entonces la nena gritó: –¡¡¡Para atraparte mejor!!!–. Simultáneamente, tiró de la soga y accionó una trampa que lo dejó al lobo colgando de un árbol, atado de una pata.
Asustado, Capucha empezó a aullar. La abuela, que estaba cerca, lo escuchó y volvió corriendo hasta la madriguera. Junto con ella llegó también otro lobo, que pasaba por ahí, y entre los dos mordisquearon la soga hasta cortarla y soltar al pobre Capucha.
–¡Auch! –dijo él cuando cayó al piso con un sonoro golpe.
Entonces se hizo un silencio medio incómodo.
Capucha miró a la abuela, la abuela miró al otro lobo, el otro lobo miró a Capucha y, de repente, los tres lobos miraron a la nena...
Ana, la princesa y la rana
Había una vez, en un reino muy lejano, una hermosa princesa que se llamaba Celeste.
–¿Qué es un reino? –preguntó Ana.
Ana tiene seis años y le encanta escuchar cuentos, pero lo que más le gusta es hacer preguntas.
–Un reino es como un país –contestó Marcela.
Marcela, la novia de Alejandro, el papá de Ana, es una genia contando cuentos. Por eso Ana siempre trata de que le lea alguno, mientras él prepara la cena.
–¿Entonces nosotros vivimos en un reino? –preguntó Ana.
–No, nosotros vivimos en un país –contestó Marcela.
–¿Y no es lo mismo? –insistió Ana.
–No, no es lo mismo. En los reinos hay reyes, en los países hay presidentes. Nosotros tenemos un presidente, no tenemos un rey –dijo Marcela.
–No, nosotros no tenemos presidente, tenemos presidenta. ¿No es cierto, papá? –corrigió Ana.
–Sí, Ana. Nosotros tenemos una presidenta. Pero lo que te trataba de explicar Marcela es que un rey y un presidente son dos cosas distintas. Para poder ser presidente, te tiene que votar y elegir la mayoría de la gente que vive en tu país. Para ser rey, tenés que ser hijo de otro rey –intervino Alejandro, asomándose desde la cocina.
–Ah... ¿Y al rey que fue padre del primer rey quién lo eligió? –preguntó Ana confundida.
Se hizo un silencio. Marcela lo miró a Alejandro como pidiendo auxilio. Y entonces él dijo: –Eso paso hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda. ¿Por qué no seguís escuchando la historia?
Aunque Ana no quedó del todo conforme con la respuesta, Marcela aprovechó el momento para retomar
Había una vez, en un reino muy lejano, una hermosa princesa que se llamaba Celeste. Y como su hija ya tenía edad para casarse, el rey decidió...
–¿Cuál es la edad para casarse? –interrumpió Ana.
–En realidad, no existe una “edad para casarse”. Lo que quiere decir el cuento es que la princesa no era una nena, sino una mujer y que entonces, si quería, podía casarse –aclaró Marcela, acariciándole la cabeza a Ana, y apurándose a seguir antes de que se le ocurriera una nueva pregunta.
Y como su hija ya tenía edad para casarse, el rey decidió invitar a todos los jóvenes nobles del reino a una cena en el palacio, para que Celeste eligiera entre ellos al que más le gustara como esposo.
–¿Qué es un noble? –preguntó Ana.
–Un noble era casi como un rey o un príncipe. En aquella época, las princesas sólo podían casarse con nobles –explicó Marcela, aunque notó que a Ana no la convencía del todo la respuesta.
–Y si la princesa se enamoraba de alguien que no era noble no se podía casar –dedujo Ana.
–Exactamente –contestó Marcela. Aunque Ana no la iba a dejar seguir con el cuento sin preguntar dos o tres cosas más.
–Bueno, pero entonces la princesa se podía ir a vivir con la persona que ella quería sin casarse y listo, ¿no? Como vos con papá, que no están casados. O como mamá y Fabián, que tampoco están casados –dijo Ana.
–No, en realidad las princesas no podían irse a vivir con alguien, tenían que casarse o seguir viviendo con sus padres –explicó Marcela.
Y antes de que Ana pudiera hacerle otra pregunta, se apuró a seguir leyendo.
Celeste estaba muy triste, porque no quería casarse. Tan triste estaba, que llevaba ya varias noches sin poder dormir. Entonces, de repente, escuchó a una rana croando en el jardín, debajo de su ventana...
–Ufa, Marcela, no sigas, me parece que ya lo conozco ese cuento. Es como aquel otro del príncipe sapo, ¿no? Mejor vamos a cenar –dijo Ana.
Después de comer, mientras Marcela retiraba los platos de la mesa, Alejandro le preguntó a Ana si no quería que le terminara de leer el libro que le había regalado la abuela Nora.
–No, papá, gracias. –Contestó Ana. –Debe ser como el del príncipe sapo. La rana le va a pedir a Celeste que le de un beso. Seguro que después del beso se transforma en una chica y que al final las dos se casan. Todos los cuentos con princesas son igual de aburridos.
Marcela y Alejandro se miraron confundidos.

El Verdadero Flautista
Aunque a decir verdad no fue exactamente una plaga, sino más bien la masiva asistencia de parientes y amigos al casamiento del ratón González con la ratona García, radicados ambos en Hamelin desde hacía algunos años. No hubo roedor que quisiera perderse tamaño acontecimiento. Los festejos se extendieron más de un mes y la paciencia de los ciudadanos se agotó a la par que las reservas de alimentos. Es cierto que el alcalde ofreció una recompensa a cambio de una solución, pero es falso que el flautista se propusiera deshacerse de los ratones. El hecho en sí tuvo más de suerte que de estrategia. Con la panadería intransitable de tramperas y frascos de raticida vacíos, harto de que los nuevos visitantes devoraran incluso las bolsas de harina que guardaba en el depósito, el flautista decidió que ya era suficiente. Quiso gritar de indignación, pero sólo pudo articular las tres notas de costumbre, con tanta mala suerte para nuestra especie, que al soltarlas le pegó con el codo a un frasco que había sobre la mesa y el contenido se desparramó sobre el cuerpo de los ratones presentes. Sí, era exactamente eso lo que había adentro del envase. Como ningún humano debe saber y todo roedor sabe bien, es absolutamente nocivo para nosotros. Apenas nos roza sufrimos una terrible alergia, empezamos a estornudar en medio de una insoportable picazón y nos es imposible evitar el inmediato contagio. El mal se expande en cuestión de segundos, y sólo podemos calmarlo con agua. Esa es la razón por la que todos los ratones de Hamelin terminaron en el río. Pero no es cierto que hayan muerto ahogados. Curados de la picazón y ante los festejos del casamiento interrumpidos, simplemente nadaron hasta la otra orilla y regresaron a sus hogares.
De todas formas, en Hamelin se corrió la voz de que la solución había salido de la panadería. Y con el paso del tiempo la gente se fue olvidando de que el flautista tenía menos oído musical que el gato Herminio después del episodio de la tapia. A los humanos les encantan los mitos, y parece ser que los griegos contaban uno acerca de Orfeo, un músico capaz de hacerse seguir hasta por piedras y árboles gracias a su talento. Lógicamente, no tardaron mucho en mezclar las dos historias. Y como a los humanos también les encanta que los cuentos sean adecuados y permitan a sus hijos aprender cosas buenas, casi inmediatamente agregaron el mal ejemplo del alcalde que se desdijo de su promesa.
Zonzo, Bonzo y la Dragona
Y cuando Zonzo vio lo que había adentro...
Y cuando lo que había adentro vio a Zonzo...
Bueno, mejor no quieran imaginarse, ni la llamarada que largó lo que había adentro del huevo, ni cómo ladró Zonzo cuando se le chamuscaron los bigotes.
―¡Ahhhhh! ―gritó Zonzo. ―¡Me quemo, me quemo!
―¡Ahhhhh! ―gritó lo que había adentro del huevo. ―¡Me muerde, me muerde!
Después sobrevino un silencio bastante incómodo, durante el que los dos se miraron muy fijamente a los ojos sin hacer el más mínimo movimiento.
“Qué lagartija más rara”, pensó Zonzo.
“Qué huevo más peludo y ruidoso”, pensó la lagartija
Zonzo le ladró de nuevo, como para que a esa lagartija (que bien mirada no parecía mucho una lagartija) le quedara claro quién mandaba. Entonces ella salió del cascarón y le escupió un poco más de fuego entre las patas, como para que al huevo-raro-ruidoso-y-peludo, quiero decir a Zonzo, le quedara claro que no se iba a dejar asustar tan fácilmente.
―Che, terminala con el fuego ―dijo Zonzo, metiendo las patas en un charquito que se había formado con la lluvia de hacía un rato.
―Está bien ―dijo la lagartija. ―Pero callate de una vez, porque se me erizan las escamas de la cola con tanto escándalo.
―¿Escamas? ―preguntó Zonzo.
―¿Y qué querés que tenga? ¿Plumas? Las dragonas tenemos escamas.
―¿Dragonas? ―preguntó Zonzo asombrado.
―¿Por qué repetís todo lo que digo? ¿Sos zonzo, vos? ―respondió la dragona un poco molesta.
―Sí ―dijo Zonzo. ―Soy Zonzo. ¿Cómo sabías? ¿Nos conocíamos de algún otro lado nosotros?
―No creo. Acabo de salir de adentro de ese huevo, ¿no te acordás? ¿Y vos qué sos? Porque para ser un huevo tenés demasiado pelo. Además no te veo escamas y sos muy ruidoso.
―No soy un huevo, soy un perro ―aclaró Zonzo medio ofendido.
―Ah. ¿Y por qué hacés tanto ruido? ―preguntó la dragona.
―No se llama “hacer ruido”, se llama ladrar. Ladro porque todos los perros ladramos ―explicó Zonzo ya definitivamente fastidiado por la ignorancia de la dragona.
―¿Y para qué ladran? ―insistió ella. Porque no se si saben que los dragones nunca se quedan conformes si uno no contesta sus preguntas.
―Ufa. No sé. Ladramos y punto. Ahora, si no te molesta, me voy a dormir la siesta debajo de ese árbol, que a eso vine y no a hablar con lagartijas charlatana-¡aaaay! ¡Me chamuscaste las patas de nuevo! ―se quejó Zonzo.
―Disculpame, me dio tos ―mintió la dragona riéndose para adentro mientras Zonzo refunfuñaba alejándose hacia la sombra del pino para ver si de una buena vez podía dormir un rato.
―Esta bien, te dejo dormir. Pero antes explicame cómo llego al castillo desde acá ―le dijo ella.
―¿Castillo? Acá no hay ningún castillo ―bostezó Zonzo mientras daba la quinta vuelta en el mismo lugar antes de acostarse.
―Entonces indicame adónde vive la princesa ―insistió la dragona.
―Tampoco tenemos princesas ―dijo él, apoyando la base del hocico sobre las patas estiradas.
―No entiendo. ¿Y qué hacen los dragones que viven en este lugar? ―preguntó ella desconcertada.
Y es que, como se habrán dado cuenta ustedes, para cuando la dragona de esta historia nació, ya no era época de dragones. Abundaban, claro está, otra clase de animales. Algunos con escamas, otros con alas, muchos con garras, varios con dientes muy afilados, pero definitivamente ninguno que, como ella, reuniera todas estas características juntas. Ni qué decir de la habilidad de exhalar fuego por la boca y humo por la nariz, que eran, sin lugar a dudas, destrezas exclusivas de nuestra dragoncita.
―Mirá ―dijo Zonzo. ―Que yo sepa nunca ha habido dragones por acá. Por lo menos yo nunca vi ninguno. Lagartijas sí vi muchas en la sierra, ¿seguro que no sos una lagartija?
―Más vale que no soy una lagartija, zonzo. Soy una terrible y peligrosa dragona, ¿no ves? Pero ahora no sé qué voy a hacer, porque los dragones trabajamos defendiendo a las princesas que viven en los castillos. Y acá no hay ni castillo ni princesa.
―Ahora que me acuerdo, el día de la primavera tuvimos una princesa, pero no era de acá, era de Bahía Blanca. A lo mejor allá hay algún castillo. ¿Por qué no vas a ver y de paso me dejás dormir tranquilo ―sugirió el perro.
―¿No me acompañás? ―dijo la dragona poniendo voz de linda.
―Hace calor ―protestó Zonzo.
―Dale, porfis ―insistió ella.
―Iba a dormir la siesta ―refunfuñó el perro.
―Por favor ―dijo la dragona pestañeando y haciendo ojitos.
―Queda lejos ―argumentó Zonzo en un último intento. Pero cuando la dragona suspiró, profundamente apenada, el pobre se resignó ―Bueno, dale, está bien. Te acompaño.
“La verdad es que para creerse una terrible y peligrosa dragona, es bastante molesta esta lagartija”, pensó Zonzo mientras se desperezaba y empezaba a caminar hacia la Estación.
* * *
―El tren pasa ahora en un rato. Te subís y no te bajás hasta llegar a la Estación General Roca. De ahí son más o menos dos cuadras hasta la escuela... ¿Me estás escuchando? ―preguntó el perro.
―Ehh... ¿cómo me dijiste que se llama tu hermano? ―dudó la dragona.
―Bonzo ―dijo Zonzo por quinta vez.
―¿Y Bonzo me va a poder indicar cómo llego al castillo en el que está la princesa? ―insistió ella de nuevo.
―No sé. Pero si Bonzo no sabe, nadie sabe. Es un perro muy inteligente mi hermano. Es el único de la familia que va a la escuela. Ahí se aprenden muchas cosas importantes, así que algo le deben haber enseñado acerca de los dragones ―dijo Zonzo, que estaba muy orgulloso de Bonzo.
―¿Por qué no te tomás el tren y me acompañás hasta Bahía? Tengo miedo de perderme ―dijo la dragona.
―No, no, eso sí que no ―se atajó Zonzo. ―Y perderte no te podés perder, es derechito desde la Estación, no hay forma de perderse.
―Dale, vení conmigo, así de paso lo ves a Bonzo ―insistió ella.
La verdad es que Zonzo no tenía muchas ganas de ir hasta Bahía Blanca, pero la idea de ver a su hermano no le disgustaba, porque lo extrañaba bastante. Así que, sin pensarlo mucho más para no arrepentirse, se subió al tren, planeando dormirse una buena siesta arriba.
* * *
―¿Falta mucho? ―preguntó la dragona.
―Dos minutos menos que hace dos minutos cuando me preguntaste lo mismo por centésima vez ―respondió Zonzo mufado.
Y es que la dragona lo tenía bastante podrido, porque venía preguntando “¿cuánto falta?” y “¿cuándo llegamos?” incluso desde antes de subirse al tren. Así que, cuando finalmente el vagón se detuvo en la estación, el pobre perro, que no había podido dormir ni treinta segundos de siesta, suspiró aliviado.
―Dale, vamos a buscar a tu hermano. No veo la hora de llegar al castillo ―se entusiasmó la dragona subiéndose al lomo de Zonzo y espoleándolo como su fuera un caballo.
“Con lo tranquilo que estaba yo allá en Sierra. Más vale que Bonzo me de una pata para sacarme de encima a esta lagartija”, pensó Zonzo.
Entre nosotros, menos mal que Zonzo además de zonzo era medio buenazo, porque a decir verdad la dragona no era ni muy terrible ni muy grande que digamos, y si él hubiera querido bien podría habérsela comido de un solo bocado.
* * *
Cuando llegaron a la puerta de la escuela, los dos notaron el pequeño gran problema que tenían que resolver.
―¿Y ahora qué hacemos? ―preguntó la dragona. ―¿Estás seguro de que tu hermano está acá adentro?
Y justo cuando Zonzo iba a responderle se abrió la puerta y una mujer de guardapolvo azul les indicó que pasaran.
―Qué raro ―dijo la maestra. ―Hubiera jurado que te vi recién en el patio, Bonzo. ¿Cuándo saliste vos?
Pero después de dejarlos entrar cerró la puerta y siguió caminando por el pasillo para el aula donde la esperaban sus alumnos, sin preocuparse demasiado por Bonzo, es decir, por Zonzo.
―Ufs, por poco me ve ―dijo la dragona, que se había escondido debajo de la oreja de Zonzo. ―No es que tenga miedo ―aclaró. ―Pero hubiera sido terrible tener que atacarla para que no gritara avisándole a todos que hay un dragón adentro de la escuela.
―Claro, claro ―respondió Zonzo, que en realidad mucho no le creía, porque la había sentido temblar todo el tiempo debajo de su oreja. ―Ahora tenemos que encontrar a Bonzo. ¿Dónde estará?
La dragona puso cara de “este perro no puede ser más zonzo”
―¿No escuchaste que la maestra dijo que te vio en el patio? ―le preguntó.
―¿A quién? ¿A mí? Pero si yo estaba afuera con vos... ―contestó Zonzo.
―No, zonzo, a Bonzo. Ella te confundió con Bonzo, ¿no viste? Dijo que lo había visto durmiendo en el patio. Ahí es donde debe de estar tu hermano, en el patio. Dale, vamos.
Justo en ese momento sonó el timbre del recreo y una batahola de chicos empezó a salir corriendo y gritando ordenadamente y en silencio de las aulas.
Del susto, la dragona se volvió a esconder detrás de la oreja de Zonzo.
* * *
Después del recreo, en distintos lugares de la escuela tenían lugar conversaciones de lo más curiosas.
―Señorita Alcira ―decía una nena. ―A Bonzo le salía fuego debajo de una de las orejas.
―¿Viste, Marta? ―le comentaba Inés a la otra portera. ―Bonzo vino a pedir alimento de nuevo. Con todo lo que había comido hoy no pensé que pidiera más hasta mañana.
―Leticia, vamos a tener que hacer algo con Bonzo, porque no puede ser que se instale todo el tiempo en la escalera del pasillo del baño para pedirle galletitas a los chicos ―decía Isabel.
―Pero si yo lo vi hace un rato y estaba durmiendo tranquilo al lado del escenario ―respondía la vice.
―¡Seño, seño! ¡Bonzo tiene una garrapata verde!
―Las garrapatas no son verdes, Tomás.
―Esta sí, y además tiene alitas.
―Sería una mosca, Tomás.
―Pero seño...
―Basta Tomás, sentate en tu lugar y dejá de inventar pavadas.
* * *
Mientras tanto, los dos perros y la dragona charlaban al solcito en el patio y Zonzo le explicaba a su hermano que necesitaban su ayuda para encontrar una princesa y un castillo.
Bonzo los miró fijo, primero a uno y después al otro, hasta que finalmente dijo: ―No va a poder ser. Acá tampoco tenemos castillos, y menos que menos princesas.
―¿Y la de la fiesta de la primavera? ―preguntó Zonzo.
―Esa era una chica de acá de Bahía, pero no una princesa de verdad. Princesas y castillos como los que necesita esta dragona hay solamente en los cuentos, no en la vida real.
La dragona, que ya no se sentía tan terrible ni tan peligrosa, sino más bien un poco triste, empezó a moquear.
―Bueno, tampoco es para tanto. No te pongas mal ―dijo Bonzo un poco conmovido. ―Creo que conozco a alguien que puede ayudarte. La señorita Paula sabe un montón de cuentos, capaz que en la biblioteca, donde ella trabaja, podemos encontrar alguna historia en la que puedas meterte. Yo no voy mucho por ahí porque Paula no tiene galletitas, como los chicos de primero y de segundo, que son los que más cosas ricas traen y más convidan, pero podemos ir a fijarnos si encontramos algo que sirva en la biblioteca.
Así que para allá se fueron. Y Bonzo tenía razón, galletitas no había, pero libros... ufs... libros había de todos colores.
―¿Y en cuál me meto? ―preguntó la dragona.
―En este ―dijo Zonzo (que aunque no sabía leer se hizo el entendido) y abrió un libro cualquiera en una página al azar, con tanta mala suerte, que la dragona fue a caer justo en el cuento de Los Tres Cerditos. Y como si algo caracteriza a los dragones es que son entusiastas y bien mandados como ellos solos, ahí nomás se puso ella a soplar a la par del lobo, olvidándose de que además de humo por su boca salía fuego.
―¡Me quemo, me quemo! ―gritaba uno de los cerditos con la cola chamuscada, mientras las llamas se expandían desde la casita de paja hasta la de madera. Y si no hubiera sido porque el chanchito práctico atinó a barajar el matafuegos de emergencia, se quema todo el libro y con él toda la escuela.
Digan que Bonzo también reaccionó rápido y abrió el libro para que la dragona pudiera salir de un salto antes de que el lobo y los tres chanchitos, que tenían cara de muy pocos amigos, lograran alcanzarla.
―En este cuento no encajo muy bien ―dijo la dragona toda agitada por la corrida. ―Mejor me meto en este otro.
Y antes de que Bonzo pudiera avisarle que no, que ahí tampoco, la dragona ya había saltado adentro de un libro de tapas razules que decía Caperucita Roja.
―¿Otra vez? ―dijo el lobo bastante molesto cuando la vio. ―Mirá, hasta donde yo sé en esta historia tampoco aparece ningún dragón… Y después del desastre que armaste recién en el cuento de Los Tres Cerditos, seguro que no precisamos ninguno. Además, en cualquier momento viene Caperucita. Yo ya tendría que estar escondido atrás de aquel árbol para sorprenderla. Y no quiero demorarme, porque si no pasa como la otra vez, que tuve que ir al baño de apuro y el narrador aburrió a todo el mundo describiendo el paisaje durante cinco minutos para hacer tiempo hasta que volví…
―Entiendo… ―dijo la dragona resignada y lagrimeando mientras se alejaba.
Pero entonces el lobo, que en el fondo no era tan malo, se sintió un poco culpable por haberla maltratado, suspiró profundo y mientras se camuflaba atrás del tronco le gritó: ―Mirá, yo no soy experto en dragones, ni mucho menos… Pero se me ocurre que podrías probar suerte con Flori, Ataúlfo y el Dragón. Fijate, está en la parte de abajo del estante.
―¡Gracias! ―sonrió un poco más animada la dragona y saltó afuera del libro justo cuando ya se acercaba Caperucita con la canastita.
―Iba a avisarte que ese libro tampoco servía, pero no me diste tiempo ―la retó Bonzo.
―¿Y tu hermano? ―preguntó la dragona.
―Está haciendo guardia en la puerta, por si vuelve Paula ―dijo Bonzo.
―El lobo me recomendó que probara con un cuento que está en el estante de abajo ―explicó ella.
―Mmm... La Princesa, el Caballero y el Dragón. ¿Será este? ―preguntó Bonzo mientras hurgaba con el hocico entre los lomos de los libros.
―La verdad es que me olvidé. Pero suena parecido, y habla de un dragón, seguro que sirve lo mismo.
Bonzo abrió el libro y cuando la dragona se metió adentro justo fue a parar en el medio de una escena en la que el caballero enfrentaba al feroz dragón para liberar a la princesa de la torre. Los tres personajes se quedaron muy quietos mirándola.
―¡Agh! ¡Qué asco! ¡Una lagartija! ―dijo la princesa.
―No temáis ni os preocupéis amada mía ―dijo el caballero. ―La aplastaré con mi zapato.
―No soy una lagartija ―protestó la dragona. ―Soy una terrible y peligrosa dragona, ¿no se dan cuenta?
De tanto reírse, al feroz dragón del cuento casi le agarra un ataque de hipo. La princesa estalló en carcajadas y el caballero se tentó tanto que se le cayó la espada.
―¡Pero si medís menos de quince centímetros! ―dijo el dragón. ―Tiene razón la princesa, sos una lagartija.
Indignada, la dragona escupió una buena bocanada de fuego.
―Bueno, está bien, en todo caso serás una lagartija que escupe fuego, pero de terrible y peligrosa no tenés nada ―comentó el Caballero recuperándose un poco del ataque de risa. ―Podría aplastarte con el zapato, ni siquiera precisaría usar la espada.
La dragona, ofendida, salió del cuento pegando un portazo (o un tapazo, que para el caso es lo mismo) y se sentó sobre una de las mesas de la biblioteca. Tenía la cara toda colorada de bronca.
―¿Tampoco funcionó? ―preguntó Bonzo.
―Tampoco ―dijo ella.
―A lo mejor no era ese el que dijo el lobo ―arriesgó Bonzo.
Justo entonces Zonzo ladró para avisarles que alguien se acercaba a la biblioteca. Bonzo y la dragona se escondieron detrás de un armario. La señorita Paula traía en la mano un libro grandote y muy pesado. Lo dejó sobre el escritorio y volvió a salir, haciéndole un mimo a Bonzo, que en realidad era Zonzo, en la cabeza.
―Qué raro vos por acá, Bonzo ―dijo Paula. ―Quedate si querés, ahora vuelvo.
Apenas salió, la dragona y los dos perros se acercaron al escritorio. Y al ver la ilustración de la tapa del libro a los tres se les ocurrió la misma idea.
―Este es definitivamente tu cuento ―dijo Zonzo, que aunque no sabía leer pudo notar por los dibujos que la dragona calzaba justito en el libro.
―¿Te animás a meterte ahí? ―preguntó Zonzo.
―Más vale ―dijo la dragona. Y sin pensarlo dos veces se despidió de los perros y se zambulló en el cuento para ya nunca salir.
* * *
Cuando volvió a entrar en la biblioteca, a Paula no le sorprendió que Bonzo ya no estuviera adentro. De hecho, pensó que lo raro era que hubiera pasado por ahí, porque casi nunca lo hacía.
Después se sentó sobre el escritorio, abrió el pesado libro de Shrek que había traído un rato antes y empezó a buscar alguna buena imagen para trabajar con los chicos de quinto, que habían visto la película la semana pasada.
Contrapunto a las reflexiones Dr. Elfenbeinturm
Ese miércoles, como todos los miércoles, subí la escalinata de la biblioteca sin prestar atención a la cartelera. Ni a nadie, como siempre. Los perros, mis hijos y yo sentados en la puerta, con hambre, con frío. Una moneda. Pan. Una moneda. Por favor. Pisó mil veces el ruedo de mi pollera vieja y sucia, pero nunca nos vio. Avancé por el pasillo que desemboca en la sala de lectura, giré a la izquierda y me encaminé hacia el subsuelo, descendiendo por los desvencijados y ruidosos escalones de madera que conducen a la hemeroteca. A fuerza de rutinaria, mi presencia había llegado a condicionar incluso los hábitos de Silvia, que ya no hacía preguntas y me esperaba con el ejemplar correspondiente a mi consulta preparado sobre el mostrador. Todos a disposición de tu investigación de mierda. Ahí tenés los diarios, no me jodas, no te aguanto. Al soltar el típico “buenas tardes” que siempre parecía deslizarse sin problemas en el acto de retirar el grueso volumen encuadernado del escritorio, no sospeché que lo hacía por última vez. Pero cuando el perfil de doña Erme con el caduco lampazo en la mano se recortó sobre el hueco de la puerta lateral que conduce al depósito, supe que algún engranaje de la rutina se había atascado. Siempre con la nariz fruncida y esa cara de no-me-toque-no-me-enmierde-con-su-mugre. El rastro de sangre parecía perderse en la húmeda y polvorienta oscuridad de esa otra sala vedada a los pedestres usuarios como yo. Miré a Silvia por el rabillo del ojo: seguía concentrada en la clasificación de unas revistas. Un segundo antes de que el alto y oscuro muchacho de guardapolvo azul cerrara la puerta, Gustavo, me llamo Gustavo, el misterio habría podido reducirse al simple gesto de dar un paso, cruzar la línea imaginaria, asomar la cabeza y preguntar si alguien necesitaba ayuda.
.
Aunque no lo hice, alguien debió percibir mi breve vacilación.
.
Al día siguiente, la sangre fue mía.
.
Y tampoco nadie preguntó.
Resaca
Yo había visto muchos muertos, pero era la primera vez que uno me dirigía la palabra. La miré sobre el borde azucarado de mi copa vacía, como esperando. No sé bien lo que esperaba. Con los muertos anteriores nunca había tenido necesidad de decir nada. Tampoco sabía si ella quería que yo dijera algo. Uno nunca sabe bien cómo proceder con los muertos. Se sentó a la mesa, ocupando la silla opuesta a la mía, y sin dejar de sostenerme la mirada, hizo un leve movimiento de cabeza hacia la calle. Miré. El cantante fumaba en la vereda y conversaba con un grupo de amigos, recostado sobre la ventana del bar. Apoyada sobre uno de los parlantes, a la izquierda del improvisado escenario, descansaba su guitarra.
“¿Ese hombre?”, pregunté sin entender y con la oscura sensación de que el tipo de la mesa de al lado nos observaba. (No me pareció raro. Ella era el cadáver más hermoso del mundo. En su lugar, yo también la hubiera mirado). Afuera, el cuerpo de la voz que había escuchado cantar durante la última media hora se quebraba en una carcajada. Decidí que no parecía un asesino.
Durante los quince minutos del intervalo la escuché contarme su historia. De repente comencé a sentirme más alto, pero en seguida comprendí que no era yo el que crecía, sino ella la que se hundía. A medida que hablaba, el piso parecía ceder bajo su silla, sumergiéndola de un modo inexplicable. Cuando el tipo volvió a agarrar la guitarra, ella se puso de pie y se recostó sobre una de las paredes laterales del bar, tenía la cabeza casi a ras del suelo, pero nadie excepto yo parecía notarlo. Decidí irme, convencido de que al día siguiente la resaca me desentendería del asunto.
“Esa mujer acaba de matarme”, le susurré al mozo mientras dejaba el billete al lado de la copa. Él me miró con el asombro de quien ha visto muchos borrachos, pero nunca antes uno muerto. Hice un leve movimiento de cabeza hacia la izquierda. La nuca de la muerta descansaba sobre la base del perchero, y sus ojos escuchaban embelesados al cantante.
El último

Era de noche. Las calles exteriores estaban desiertas. Tan sólo algún esporádico y lejano bufido suplía, por momentos, el inconmensurable y devastador silencio de la isla. Encerrado en el laberinto, dejaba deslizar sus pies cansados sobre la superficie de tierra húmeda.
Él. Siempre él.
Confinado al sinuoso errar interminable.
Toda conversación derivaba en su existencia. Siempre su nombre, tácitamente evitado y reemplazado por sugerentes silencios.
Acorralado, deliraba.
Cuando el horizonte dejaba entrever una delicada y prácticamente incorpórea línea de luz, el mito regresaba a la guarida. Un sueño diurno y alerta aletargaba su existencia. Esperaba ansioso la siguiente noche. Nunca le gustó la luz. El sol desnudaba su rareza.
Esporádicamente, alguien se internaba en sus dominios. En tales circunstancias, no tenía más remedio que dejarlo morir entre las infinitas bifurcaciones que tan sólo él conocía. Nadie se jactaría de haber visto su horripilante figura. Jamás.
La mitad de su apariencia era normal, pero el resto era diferente. Algunos aseguraban haberlo visto caminar erguido. Otros afirmaban que no era posible. Pero todos estaban de acuerdo: su existencia alteraba la armonía del pueblo.
Llegó el día en que decidieron darle muerte, y un macho joven se adentró en la oscuridad del refugio del monstruo.
La historia del hilo y de la hembra es harto conocida.
También es trillado el final del relato.
El animal mató al hombre.
Luego, enrollando el hilo, llegó hasta ella.
Minutos más tarde, ambos comunicaban al pueblo que el último ser humano había sido exterminado del mundo de los minotauros.
Cómo el cerdo perdió las plumas
No hace mucho tiempo, apenas la gente miraba para arriba podía ver uno o dos chanchos volando, hermosos, con suaves plumas resplandecientes que reflejaban los rayos del sol. Y había cerdos de todos colores: verdes, rojos, amarillos… Era un placer mirar el cielo y verlos desplazarse entre las nubes espumosas, detenerse en la copa de algún árbol o bajar en picada para zamparse alguna mojarrita o sardina distraída, de esas que nadan bien cerca de la superficie en los ríos. Es que en aquella época los cerdos emplumados no estaban casi extinguidos como ahora.
.
El problema empezó el día en que unos hombres de Patraña se pusieron de acuerdo con otros de Farsópolis y dejaron correr el rumor de que no existía mejor cura para el insomnio que dormir apoyando la cabeza en un almohadón de plumas de cerdo. Nada de lana, ni de goma espuma, ni de plumas de nada que no sea de chancho. Y como en Trengania mucha gente padecía el síndrome de la falta de sueño, la idea de remediar el problema con plumas de lechón parecía una mágica solución al problema. En menos de un mes había fábricas de almohadas por todos lados. Y a cambio de un sueño reparador, nadie dudó un segundo en perjudicar a los pobres cerdos.
.
Nadie mata una oveja para esquilarle la lana, y en realidad se procedía manera similar con los chanchos. Pero hay que ver lo complicado que resulta para cualquier cerdo volar sin plumas, y ni hablar del problema de pasar el invierno tiritando de frío. Además, acostumbrados a anidar sobre los árboles, de repente no tuvieron dónde empollar las crías. Durante un tiempo intentaron disimular los huevos entre los de gansos y gallinas, pero el plan no resultó, porque los dueños de las granjas se daban cuenta. Es que los huevos de esta especie son azules y tienen pintitas negras, por lo que era muy fácil descubrirlos entre los blancos y colorados de las aves del corral. No les quedó más remedio que dejar de poner huevos, y con el tiempo empezaron a parir sus crías, como los mamíferos.
.
Por otra parte, quedarse sin plumas también dificultó muchísimo las posibilidades de alimentarse para la especie. Es sabido que a los cerdos emplumados no les gusta revolcarse en el barro, ni comer basura o porquerías como a los chanchos comunes. Lo único que comen son peces, pero como odian el agua y no les gusta mojarse, los cazan desde arriba, bajando en picada como el martín pescador o las gaviotas. Claro que sin las plumas tuvieron que ir acostumbrándose a comer otras cosas. Al principio se embarraban buscando algo de alimento entre las escamas, las cabezas o los espinazos que los pescadores olvidaban en la orilla. Desplumados, el lodo dejó de ser para ellos una cosa tan repugnante, e incluso descubrieron que las costras barrosas los protegían un poco del frío. Después dejaron de buscar restos de pescado y empezaron a comer un poco de todo, conformándose con lo que encontraban. Para ese entonces, ya era casi imposible encontrar un cerdo con plumas en Trengania. A los pocos que había se las sacaban para hacer almohadas y ya no les volvían a crecer. Y lamentablemente los nuevos chanchos comenzaban a nacer con pelos, como los que pueden verse hoy en día en cualquier parte del mundo.
.
Todavía existen algunos cerdos emplumados en Trengania. Entre otros Plumancho, la mascota oficial de la Reserva de Oasis. Pero quedan muy pocos ejemplares de la especie y últimamente no se han tenido noticias de que nadie haya visto chanchos volando por ningún lado. Las fábricas de almohadones porcinos cerraron por quiebra y las pocas almohadas hechas con plumas de chancho que quedan cuestan una fortuna. Actualmente, los sobrevivientes de la especie están protegidos por una ley que prohíbe quitarles las plumas, y aunque los expertos dudan que puedan llegar a reproducirse de nuevo, acá en Oasis no perdemos la esperanza de volver a escuchar algún día el melodioso canto de los cerdos emplumados revoloteando entre las copas de los árboles.
Un micho en el mástil

.
–Buenas tardes –respondió la voz al otro lado de la línea– lo estoy llamando desde la Escuela de EGB de la UNS.
El hombre ya había reconocido el número en el identificador de llamadas y pensó que otra vez sopa, pero se guardó el comentario.
–Sí, señora, ¿de qué se trata esta vez? –dijo, mientras suspiraba acompasando el recorrido de las agujas del reloj.
–Bueno... ¿Cómo explicarlo? Necesitaría que alguien viniera a bajar un gato del mástil del patio. Es medio urgente, ¿sabe? Está por llover –explicó.
–No me diga nada. Hay una bomba adentro del gato –adivinó medio resignado.
–No –dijo la voz del otro lado de la línea.
–¿Debajo del gato? –insistió el hombre, desconfiado.
–No, no, ninguna bomba –repitió la mujer– sólo un gato.
–¿Características del micho?
–¿Perdón? –dijo ella desorientada.
–Que cómo es el gato, señora. ¿Me lo podría describir?
–¿Para qué?
–Para completar correctamente la planilla de denuncia. Usted ya sabe cómo es el procedimiento en estos casos. Siempre tratamos de evitar confusiones.
–No hay muchos gatos trepados al mástil –aclaró la mujer medio fastidiada, mientras corría las cortinas de las ventanas, que daban justo al patio, para visualizar bien al minino.
–Lo siento, pero tengo que completar la planilla con toda la información requerida.
–Bueno, a ver... Es un animalito de pelo dudoso, amarillo y negro. Tiene un moño rosa en el cuello.
–¿Eso es todo?
–Yo diría que sí. Eso y...
–“Y...” ¿Qué?
–Es de papel.
–¿Perdón? ¿De qué?
–De papel.
–¿El gato o el moño?
–El gato.... y el moño también, claro... Le dije que no era fácil de explicar, pero necesito que vengan a bajarlo.
–Bueno, bueno, no se preocupe. En un rato tiene un par de bomberos con unas tijer... perdón, con una escalera por allá –respondió mientras pensaba en la cara que pondrían los del cuartel. ¿Con quién tuve el gusto de hablar?
–Si no resuelvo esto pronto, probablemente con la ex-profesora de Lengua.
.
El recreo de diez minutos estaba a pleno. Eran las tres y veinte pasadas. Los chicos deambulaban por todos los pasillos. La cantina estallaba de gente y nadie había visto que una nube espesa en forma de sacacorchos se estaba formando en el horizonte. El único que detectó la nube fue, naturalmente, quien la tenía más cerca: el gato. Hizo gestos desesperados señalando hacia el este, pero nadie lo miraba en ese momento.
Al ver llegar el camión cisterna de los bomberos, el guardia de la puerta pensó que otra vez sopa, pero se guardó el comentario, porque justo lo distrajo la batahola de chicos que corría en dirección a la puerta pensando que había bomba y evacuación de instalaciones. Vieron llegar el camión por las ventanas y hubo que cerrar las puertas para evitar el desmán.
Una vez que se hicieron las aclaraciones de caso, el centro de atención pasó a ser el mástil de patio. Los de octavo y noveno no entendían absolutamente nada. Pero no hubo un solo alumno de séptimo al que la situación del gato aferrado arriba de la bandera no le sonara un poco familiar. Por supuesto que no dijeron nada. A quién se le iba a ocurrir que... imposible... Además, visto de frente, en dos dimensiones, era imposible darse cuenta de que el micho en cuestión era lisa y llanamente un pedazo de papel. Apenas sonó el timbre, la orden fue “Todo el mundo a clase”. Llevó su tiempo, como siempre, pero al rato ya no quedó nadie en el patio. Nadie, claro, sin contar a la de lengua y a los... ¿bomberos?
Venían sin escalera y de a dos. Es decir, dos bomberos nada más... y bastante poco convencionales, por cierto. Uno llevaba puesta una remera roja, con el logo de una típica marca de combustibles para autos en el pecho y el característico rostro de la mascota en la espalda. El otro debía ser uruguayo.
Aparentemente –según explicó el de remera roja, porque el otro no dijo ni slurb– estaban modernizando sus estrategias para abordar situaciones conflictivas y de riesgo. No era cosa de subirse y bajar al micho en contra de su voluntad. Consideraban eso un atropello, bajo todo punto de vista.
–¿O sea que la idea es convencerlo de que baje? –preguntó la de lengua con cierta incredulidad.
–Exacto. Persuasión: esa es la táctica –respondió el compañero del que no hablaba.
–¿Y exactamente cómo piensan persuadirlo?
No terminó de decir “...irlo” que su interlocutor ya le estaba pegando un cabezazo al mástil para ver si el gato se desprendía. Pero no hubo caso. El micho aguantaba a pata firme.
–Parece que mucho no se persuade –reflexionó el hombre mientras se frotaba el chichón
“Este es medio bestia”, pensó la de lengua, que no se equivocaba, porque era nomás, aunque no medio, sino muy y con mayúscula.
En plena “fase B” de la operación persuasiva –es decir, cuando el de remera roja estaba a punto de pegarle el segundo cabezazo al mástil– un par de profesoras de inglés, absolutamente ajenas a la situación, atravesó el patio en dirección a la cantina. Apenas las detectó, el que no hablaba peló una alpargata, largó el termo y, con un pie descalzo, sin soltar el mate, se abalanzó hacia ellas a toda velocidad.
De no haber sido una cartulina que salió volando por la ventana y se le enredó en los pies al que debía ser uruguayo, quién sabe lo que pasaba. Ahorremos detalles. El que no hablaba tenía un pie descalzo, pisó en falso, resbaló y chau mate. El de remera roja miraba como quien acompaña el sentimiento y éste –que ya no decía slurb sino snif– miraba los pedazos de mate mezclados con la yerba desparramada en el suelo. Como la de Lengua, a su vez, los miraba a ellos dos, nadie miraba al gato. Y cuando se les ocurrió mirar ya era demasiado tarde.
–¿Se habrá persuadido solo? –sugirió el de remera roja.
–Snif –opinó el que miraba el mate.
–Se me van ya mismo de acá –propuso la de Lengua, ya absolutamente convencida de que nada de lo que pasaba estaba sucediendo en la escuela.
Lisa y llanamente estaba sucediendo, sin lugar a dudas, pero no exactamente en la escuela. Y por lo visto, el gato no era el único personaje bidimensional de la historia, porque ella misma comenzó a arrugarse. Primero sus pies, después sus tobillos y, poco a poco, la arruga fue absorbiendo todo lo que había alrededor. Como un gran agujero negro, arrastrando incluso el mate, la yerba, el tigre de la remera y el chichón del Muy Bestia, la arruga se contrajo en crujidos circulares envolventes, hasta formar el quinto bollo de papel entre las manos de Gustavo y remontarse describiendo un arco perfecto, una parábola maestra, en dirección al centro del tacho de basura del rincón.
.
“Por lo menos emboqué una”, pensó el que no era exactamente Ginóbili y definitivamente tampoco Ema Wolf. Miró el reloj, faltaban quince minutos para la una de la tarde. “La de lengua me tiene podrido. Ya le dije mil veces que no tengo imaginación para escribir estas cosas que pide, pero no lo entiende” , resolvió Gustavo mientras salía para la escuela.
La noticia es puro cuento
“La abuela compraba golosinas a rolete”, relató Jacobo Grimm, conductor del camión distribuidor. “Pasé a dejarle el pedido de esta semana y me llamó la atención encontrar la puerta abierta. Cuando la escuché gritar me mandé para adentro de una. Destrabé el horno, lo abrí y la saqué como pude, porque estaba… bueno, yo nunca había visto algo así. Y ahí nomás llamé al 911 con el celular, vinieron enseguida”, refirió Grimm. “Yo siempre le dije a Willy, mi hermano, que en cualquier momento la vieja espichaba de una pataleta al hígado. Semejante cantidad de chocolates, dulces y caramelos no le hace bien a nadie”, agregó.La Flautista (que no era de Hamelin)
El funcionario a cargo de la división municipal de control y previsión de plagas acababa de ser despedido por inepto. Y para su hermano, el intendente, las cosas no iban mucho mejor. En menos de quince días, la ciudad se había llenado de ratas y de ratones. Colapsadas las líneas telefónicas por interminables reclamos y denuncias, los ciudadanos trasladaban su protesta a las calles y demandaban al municipio la inmediata eliminación de los roedores. Cuando la repartición de bromatología e higiene, también desbordada por las quejas, se vio obligada a cerrar sus puertas, el intendente despidió a su cuñada, decidió que ya era suficiente y convocó a los funcionarios que le quedaban para una urgente reunión familiar en su despacho.
El balcón del palacio municipal ofrecía una impagable panorámica de la ciudad: la gran marea humana, exacerbada por la ineficiencia del gobierno, se mezclaba con la inacabable corriente de lauchas en movimiento. Todas las panaderías, almacenes, supermercados, depósitos y fábricas habían sido ya arrasados. Las ratas circulaban por cañerías, acequias, canaletas, cableados telefónicos, fibra óptica y hasta vías férreas. Salían de los armarios, se enredaban en los ovillos de las abuelas, mordisqueaban las almohadas, descendían por las cortinas, se multiplicaban en los espejos, desparramaban tizas, atravesaban gallineros, espantaban elefantes, destrozaban diarios y, para abreviar, devoraban todo lo que encontraban a su paso. Cuando la gente comenzó a agolparse frente al municipio al grito de “que se vayan todas”, el intendente mandó desalojar las calles, pero el jefe de policía le explicó a su primo que sería imposible calmar a la multitud hasta no deshacerse de la última laucha. Afirmó, además, que sus hombres no iban a colaborar con el exterminio, por solidaridad con los roedores y porque, bien mirada, la tarea no era plenamente de su incumbencia.
Desahuciado ante el cariz que tomaba la situación, el gobernante retó con severidad a su asesor económico por no haber incluido una partida para plaguicidas en el presupuesto anual. Lo mandó a dormir sin cenar y decidió que lo mejor sería difundir la oferta de una suculenta recompensa para quien le encontrara una solución al problema de los ratones. Tal como su esposo se lo solicitara, la vocera municipal se contactó con los medios de prensa locales y la noticia se propagó casi tan rápidamente como las ratas.
En las afueras, vivía una vieja profesora de música jubilada, capaz de entonar maravillosas melodías con una antigua flauta que había permanecido en su familia durante generaciones. Al escuchar por radio la desesperada situación que atravesaba la ciudad, recordó el secreto que su abuela Siringa le había revelado cuando era muy pequeña. Pensó que a su magro sueldo no le vendría mal un poco de dinero extra, se puso la capa y sin perder tiempo se encaminó hacia la municipalidad. Atravesó con dificultad la ciudad, esquivando ratas, muchedumbre y pancartas. Finalmente logró llegar al despacho del intendente y le explicó que podía solucionar el problema de los roedores a cambio de un aumento en su jubilación. El gobernante estaba tan seguro de que esa vieja no podría dominar la situación, que accedió sin dudarlo.
Confiando en su palabra, la mujer se paró en la entrada del municipio y comenzó a entonar la antiquísima melodía que su abuela le había enseñado cuando era niña. La música calma a las fieras. Dicho y hecho, la gente inmediatamente dejó de protestar para escuchar esos bellos sonidos. Sin dejar de tocar, la extraña flautista se abrió paso entre la muda marea humana y los ratones comenzaron a seguirla como extasiados. Inmutable, la mujer siguió entonando su cautivante melodía mientras avanzaba hacia las afueras de la ciudad, llevándose la plaga y restituyendo la tan ansiada calma a funcionarios y ciudadanos. Caminó y caminó hasta llegar a un río cercano. Entonces, sin detener la música, sacó de entre los pliegues de su capa un libro de cuentos infantiles, lo abrió en “El Flautista de Hamelin” y observó cómo los roedores se sumergieron uno tras otro entre sus páginas, al son de la bella melodía. Una vez que el último estuvo adentro, cerró el cuento con agilidad, guardó la flauta en su estuche y emprendió el regreso.
Todos los habitantes de la ciudad festejaban. Las reparticiones municipales volvían lentamente al trabajo, los funcionarios recuperaban sus empleos y el intendente notificaba oficialmente al pueblo que, gracias a un estratégico plan desarrollado por sus hábiles asesores, ratas y ratones se habían ido para no volver. En realidad, nadie sabía cómo se había solucionado el asunto, ni siquiera el intendente. Pero como todo parecía en orden, decidieron llevarse el rédito. La vieja profesora jubilada pensó que a la gente no le vendría mal recuperar un poco la confianza en el gobierno, y que después del escarmiento tal vez el municipio fuera más previsor en el futuro. Cuando se presentó a cobrar, afirmó que no tenía delirios de grandeza ni de reconocimiento público, que sólo pedía lo prometido a cambio de la tarea realizada, y que no desmentiría la versión oficial del municipio. Una vez que terminó de reírse, el intendente negó haberle prometido nada, la mandó a volver por donde vino y le dijo que se fuera con la música a otra parte.
La vieja mujer nada respondió. Dio media vuelta, sacó nuevamente la flauta, le hizo un par de arreglos personales a la antiquísima melodía de su abuela y se fue tocando una nueva canción, casi igual pero diferente. Instantáneamente comenzaron a agruparse detrás de ella los Ratones Paranoicos, los de Rata Blanca y los Super Ratones también. Las revistas, libros, televisores, pantallas de cine y parlantes de la ciudad quedaban vacías de roedores, mientras la vieja docente jubilada se alejaba seguida por Jerry, Speedy González, Super Mouse, Mickey, Minie, Pinky, Cerebro, Stuart Little, Osvaldo Ratín, el ratón Ayala, Pérez (el de los dientes), el del campo, el de la ciudad, el que liberó al león, la tanguera rata cruela, los tres ratones ciegos, el Laucha de Payró, los ratones de Porcel, la siempre sancionada rateada escolar, y los millares de lauchas y ratis restantes. No quedó un solo mouse en toda la ciudad y el precio de los teclados se fue por las nubes.
Una vez más, no había nadie sin razones para protestar. Cada cual por sus motivos, abuelos, adultos, adolescentes y niños fueron saliendo a la calle y un griterío infernal se filtraba por el balcón municipal. La gente consideraba intolerable la censura instaurada por el estratégico plan de los asesores del intendente: estudiantes privados de faltar a la escuela sin avisar, dibujitos animados incompletos, almohadas con dientes impagos, clubs de fans furiosos, la Disney y la Warner a punto de quebrar, Microsoft indignado, bibliotecas medio vacías, el fútbol que ya nunca sería el mismo, fábulas sin moraleja, el propio Gardel con la letra cambiada y ni un solo policía en la ciudad.
“¡Traigan a la vieja! ¡Denle una jubilación de privilegio! ¡Oblíguenla a solucionar este desquicio!”, gritaba el intendente. Pero nadie sabía dónde encontrarla, porque ni siquiera le habían preguntado el nombre.
Cuenta la leyenda que, agotadas todas la opciones razonables, al intendente no le quedó más remedio que anunciar un aumento de sueldo para todos los jubilados y sentarse a esperar. Nos gustaría afirmar que, cuando la profesora de música jubilada cumplió su parte del pacto y liberó a los célebres roedores, el alcalde juró no romper nunca más una promesa, pero lamentablemente la leyenda no dice nada al respecto.
El Lobo Feroz (versión autobiográfica)
Como yo conocía bastante a su abuela, se me ocurrió tomar el camino más corto e ir a pedirle a la anciana que hablara con su nieta para que a la vuelta se com-portara un poco mejor. Ella estuvo de acuerdo con mi planteo de que había que ser más respetuoso con los demás, y se le ocurrió la idea de hacerle experimentar a su nieta lo incómodo que resultaba que otros invadieran nuestro espacio tomándose confianzas que nunca se les habían dado. Hizo que yo me pusiera su camisón y me metiera en la cama como si fuera el dueño de casa y acordamos que ella se escondería en el armario para que al entrar la nena no la viera.
Lo que no me aclaró la abuela fue que su nieta era bastante miope. Y está claro que lo era, porque de otra forma no se explica que me haya podido confundir con la anciana y que pasara lo que pasó. Al llegar, lo primero que hizo fue un comentario bastante desagradable acerca del tamaño de mis orejas. Los otros lobos me llamaban orejudo y la verdad es que siempre me acomplejó esa cuestión, pero aunque me sentí insultado, procuré ser amable y le respondí que las orejas eran para escucharla mejor. Ella hizo inmediatamente otra observación ofensiva, ahora acerca de mis ojos saltones. Confieso que no me gustaba nada el cariz que estaba tomando la conversación, pero una vez más me esforcé por ser amable y le contesté que eran para verla mejor. Hasta ahí íbamos bien, pero cuando mencionó el tamaño de mis dientes la situación se me fue de las manos. Tuve que usar ortodoncia durante toda la infancia, no hubo dentista ni tratamiento que resolviera el problema de mis desmesurados colmillos y eso siempre tuvo un impacto negativo en mi autoestima. Reconozco que tendría que haberme controlado, pero bueno, no pude hacerlo, salté de la cama para darle un escarmiento y le dije que eran... para comerla mejor.
Ahora bien, seamos sinceros, todo el mundo sabe que ningún lobo puede comerse una nena. Vamos, en serio, es imposible, y menos con un camisón y en pantuflas. Pero evidentemente la nena no tenía muchas luces, porque empezó a correr por toda la habitación, gritando como una histérica. A la abuela justo se le trabó la puerta del armario, y eso complicó aún más las cosas, porque como la mujer no podía salir, ni ver lo que pasaba, acompañaba desde adentro los gritos de la nieta afuera. Yo no hacía otra cosa que perseguir a la nena tratando de tranquilizarla, pero estaba como loca. Entonces se me ocurrió que si me sacaba la ropa de la abuela tal vez me reconocería y lograría calmarla de una buena vez. No funcionó. De hecho, empezó a gritar aún más fuerte, repitiendo “¡un lobo!”, “¡un lobo!”, “¡un lobo!”, como si hubiera descubierto América, ¿no habíamos estado conversando antes en el bosque? ¿Qué iba a ser? ¿Una tortuga? En medio de este griterío, se abren al mismo tiempo la puerta de la casa y del armario. La abuela cae al piso con el envión y justo en ese momento entra un leñador con un hacha enorme. Inmediatamente se generó un silencio bastante incómodo para todos. Yo comprendí que corría peligro y que no estaba en una posición demasiado favorable como para dar explicaciones. Entonces hice lo que cualquier lobo hubiera hecho: salté por la ventana y me escapé.
El resto, ya lo saben: en menos de una semana ya se había corrido la voz de que yo era un lobo malo, de que había tratado de comerme a una nena y me había abusado de la confianza de una pobre anciana. Con el tiempo, la historia se fue agrandando y empezaron a circular versiones cada vez más distorsionadas, como por ejemplo esa en la que el leñador me abre la panza, rescata a las mujeres, me rellena con piedras, me cose y me tira al río.
Probablemente tenga que ver con alguien que sacó sus propias conclusiones al notar la cicatriz de mi vieja operación de apendicitis.
Laura, Polo y el Nene
El Nene le quemó las zapatillas, las nuevas, maldito mocoso. Ah, pero cuando lo encuentre, cuando lo encuentre lo va a oír. Con lo que le costó comprarse las Flecha. Meses y meses trabajándose a esa víbora para que le aceptara el pago en cuotas. Y ahora el tarado este, así como así, sin esfuerzo ni mérito, se compra el mismo modelo, el mismo, exactamente igual, en rojo, pero igualito. Polo está indignado, y con razón. Con el Nene es siempre la misma historia, quilombo en puerta ante cada movimiento. Y después, claro, no se le puede pegar, por lo anteojos, porque es chico, porque ya se sabe, escupido el asado andá a arreglarla después. No se le puede pegar, pero habría que matarlo, piensa Polo, esta es la última que le aguanta.
.
Ni siquiera precisa esperar mucho para despacharse a gusto. En un rato empieza la novela melosa de las nueve, y el Nene, que nunca se la pierde, llega volando como todos los días. Polo irradia bronca, relojea las zapatillas y le suelta un “no ves que no te calzan, idiota, sacatelás o te emboco”. El Nene, que ni piensa perderse el capítulo del viernes por culpa de Polo, prende la tele y ataca al vuelo para abreviar problemas: “Salí del medio, tarado, que mi buena guita me costaron. Además, ¿qué te hacés el lindo ahora?, si siempre usaste sandalias, vos”.
.
Insulto va, insulto viene, la cosa sigue y cobra temperatura. Polo le quita el control remoto y cambia de canal. “Largá el control, estúpido, que ya empieza la novela”, grita el Nene. “Sacate las Flecha y te lo devuelvo”, responde Polo. Bueno, piensa el Nene, ¿las querés?, ahí las tenés. Se desata los cordones, se saca una y sin pensarlo demasiado se la revolea por la cabeza. Como el otro se ataja, el zapatillazo atraviesa la ventana abierta y la Flecha se enreda entre las ramas del laurel del patio: “Mirá lo que hacés, imbécil”, le grita Polo, mientras se asoma para dimensionar el desastre y ver si la zapatilla destrozó algo. Ni lento ni perezoso, el Nene aprovecha para lanzar la otra Flecha y, ahora sí con más suerte, acertar en medio de la melena rubia de Polo, que trastabilla y cae al patio por la ventana. Todavía medio atontado por el golpe, Polo abre los ojos, mira el laurel, busca la Flecha, y... no puede entenderlo: raíces transformadas en pies, ramas que se vuelven brazos, y una copa con rostro de mujer que se le acerca. Huye despavorido, pero Laura ni se gasta en seguirlo. Si está visto que es de gusto: con los estudios de género, la irrupción del mercado y el derrumbe del canon no hay reescritura que aguante.
Nadie Canta
.
Como procede de una parte de la verdad,
tiene que regresar siempre a lo inexplicable.
Franz Kafka, Prometeo.
El Sol reverberó sobre el azul silencioso del Mar, mientras Heracles trepaba hacia la cumbre. Llevaba el arco y las flechas, pero no fueron necesarios, porque cuando escrutó el horizonte buscando el ave de Zeus, solo encontró un nido vacío. Sobre la hierba seca, cubierto por algunas plumas y fragmentos de roca, estaba el milenario reloj de sangre con que se medía el Tiempo del tormento del Titán.
Dudó por unos segundos: el trabajo parecía demasiado sencillo. Sigilosa, con insurrecta cadencia, la sangre inmortal se deslizaba en la clepsidra. Supuso que el eco del bramido del Titán acompasaba el impacto de las gotas, y que cuando la invisible mano de Ananke giraba el reloj, de alguna manera el águila se abalanzaba nuevamente a desgarrar las eternas entrañas sediciosas.
Dejó las armas a un lado y examinó mentalmente la insólita disposición de los hechos. Pensó que quizás el vidrio al quebrarse remedaría el metálico crujir de las cadenas ausentes, y palpó con sus dedos el cristal, como anhelando un latido.
La clepsidra rota solo puso en evidencia el artificio: hombres, roca y águila eran una misma cosa.
Al ver que el titán se desangraba inútilmente sobre el mundo, el héroe comprendió que el fuego nunca volvería a encenderse, y emprendió el arduo descenso.
Cuando el hombre, ya en tierra firme, le dio la espalda al peñasco, comenzaba a caer el sol.
Ahora era solo cuestión de tiempo.-
Dicen
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Ernesto Sábato
.
Porque a qué engañarnos, el nuestro es un pueblucho. Amplio en extensión, largo en precaución y excesivamente estrecho en sensación. Uno de los muchos que se extienden a lo largo del sur del continente.
Aridez y desesperanza circundaban la región, era como que el agua se hacía necesaria, y dicen que hubo quien dijo que-por-fin, que-por-suerte. Y que-por-quería, dicen que dijo uno que se anticipó a los hechos.
Dicen que todos sabían que el agua era inminente. Dicen que los charcos comenzaban a adquirir dimensiones peligrosas. Dicen que así empezaron a ahogarse los pobres sapos, que al fin y al cabo son los que primero sufren el agua, ya que la corriente los arrastra sin demasiados miramientos.
Los sapos fueron muriendo, y dicen que hubo quien dijo que-por-fin, que-por-suerte. Y que-por-quería, dicen que dijo uno que se anticipó a los hechos.
Dicen que lo que era llovizna pronto devino un chaparrón de excesiva amplitud. Dicen que el agua lo inundaba lentamente todo, y dicen que ante el estado de la situación, los gatos optaron por abandonar el pueblo.
Y cuando ya no hubo gatos, dicen que hubo quien dijo que-por-fin, que-por-suerte. Y que-por-quería, dicen que dijo uno que se anticipó a los hechos.
Dicen que el aguacero persistía y que idos los gatos el número de ratas se multiplicó hasta el infinito. Dicen que se pensó que se irían, ya que era un hecho su asco por el agua. Pero permanecieron en el pueblo y llegaron a establecer una convivencia pacífica con la inflexible lluvia.
Y cuando ya afianzadas, las ratas se propagaron incesantemente, dicen que hubo quien dijo que-por-fin, que-por-suerte. Y que-por-quería, dicen que dijo uno que se anticipó a los hechos.
Dicen que el agua corría como un río infinito cubriendo todo lo que alguna vez había tenido vida. Dicen que los sapos hediondos y podridos tapando las cañerías, los gatos maullando en el exilio y las ratas multiplicándose fatídicamente hicieron del pueblo un sitio deleznable.
Dicen que el día que comenzó a llover todos respiraron aliviados y después se arrepintieron. Dicen que dicen que uno dijo que-por-quería y dicen que dicen que uno dijo que-por-fin y que-por-suerte. Dicen que dicen que el agua era sangre. Dicen los que dicen, que son los que quedaron: unos sapos mutilados, algún gato que volvió y un gran número de ratas.
dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones
"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."
de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.
dijo BORGES sobre las traducciones
¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.
Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.






