datos de las manos que teclean

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Babel

Al principio, había tantas lenguas en la tierra como peces en los mares y estrellas en el cielo. Cada uno de nosotros hablaba cuatro o cinco de ellas y comprendíamos también muchas otras, relativamente cercanas a las que conocíamos mejor. Pero un día los dioses construyeron un relato. Y nos dejaron a la vista, ahí nomás, al alcance de la mano, los cimientos de una torre monocorde, imposible, indescifrable. Desde entonces, caminamos en círculos a su alrededor, como si hubiéramos perdido algo, como si la culpa fuera nuestra.
 

Mitologemas II

por Gabriela Marrón

Antino era un tipo simpático, y como a Penélope nunca le gustó tejer...

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El verdadero talón fue Patroclo, la flecha de Paris nunca existió.

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Terminada la guerra, Helena se ocultó entre las esclavas. Estaba tan vieja, que Menelao no la reconoció.

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"Deberías aprender de mi madre", dijo Minos. Y como Pasifae nunca entendió de metáforas...

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Mitologemas

por Gabriela Marrón

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Cuando empezaba a olvidarse de Galatea, llegó Odiseo con el vino.
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“¿Adónde llevará este hilo?”, se preguntó Asterión.
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Las milenarias hijas de Aquelo ya ni siquiera recordaban la letra.
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“Me rindo”, dijo Edipo. Y la esfinge sonrió.

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El último


Era de noche. Las calles exteriores estaban desiertas. Tan sólo algún esporádico y lejano bufido suplía, por momentos, el inconmensurable y devastador silencio de la isla. Encerrado en el laberinto, dejaba deslizar sus pies cansados sobre la superficie de tierra húmeda.

Él. Siempre él.

Confinado al sinuoso errar interminable.

Toda conversación derivaba en su existencia. Siempre su nombre, tácitamente evitado y reemplazado por sugerentes silencios.

Acorralado, deliraba.

Cuando el horizonte dejaba entrever una delicada y prácticamente incorpórea línea de luz, el mito regresaba a la guarida. Un sueño diurno y alerta aletargaba su existencia. Esperaba ansioso la siguiente noche. Nunca le gustó la luz. El sol desnudaba su rareza.

Esporádicamente, alguien se internaba en sus dominios. En tales circunstancias, no tenía más remedio que dejarlo morir entre las infinitas bifurcaciones que tan sólo él conocía. Nadie se jactaría de haber visto su horripilante figura. Jamás.

La mitad de su apariencia era normal, pero el resto era diferente. Algunos aseguraban haberlo visto caminar erguido. Otros afirmaban que no era posible. Pero todos estaban de acuerdo: su existencia alteraba la armonía del pueblo.

Llegó el día en que decidieron darle muerte, y un macho joven se adentró en la oscuridad del refugio del monstruo.

La historia del hilo y de la hembra es harto conocida.

También es trillado el final del relato.

El animal mató al hombre.

Luego, enrollando el hilo, llegó hasta ella.

Minutos más tarde, ambos comunicaban al pueblo que el último ser humano había sido exterminado del mundo de los minotauros.

Laura, Polo y el Nene


El Nene le quemó las zapatillas, las nuevas, maldito mocoso. Ah, pero cuando lo encuentre, cuando lo encuentre lo va a oír. Con lo que le costó comprarse las Flecha. Meses y meses trabajándose a esa víbora para que le aceptara el pago en cuotas. Y ahora el tarado este, así como así, sin esfuerzo ni mérito, se compra el mismo modelo, el mismo, exactamente igual, en rojo, pero igualito. Polo está indignado, y con razón. Con el Nene es siempre la misma historia, quilombo en puerta ante cada movimiento. Y después, claro, no se le puede pegar, por lo anteojos, porque es chico, porque ya se sabe, escupido el asado andá a arreglarla después. No se le puede pegar, pero habría que matarlo, piensa Polo, esta es la última que le aguanta.

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Ni siquiera precisa esperar mucho para despacharse a gusto. En un rato empieza la novela melosa de las nueve, y el Nene, que nunca se la pierde, llega volando como todos los días. Polo irradia bronca, relojea las zapatillas y le suelta un “no ves que no te calzan, idiota, sacatelás o te emboco”. El Nene, que ni piensa perderse el capítulo del viernes por culpa de Polo, prende la tele y ataca al vuelo para abreviar problemas: “Salí del medio, tarado, que mi buena guita me costaron. Además, ¿qué te hacés el lindo ahora?, si siempre usaste sandalias, vos”.

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Insulto va, insulto viene, la cosa sigue y cobra temperatura. Polo le quita el control remoto y cambia de canal. “Largá el control, estúpido, que ya empieza la novela”, grita el Nene. “Sacate las Flecha y te lo devuelvo”, responde Polo. Bueno, piensa el Nene, ¿las querés?, ahí las tenés. Se desata los cordones, se saca una y sin pensarlo demasiado se la revolea por la cabeza. Como el otro se ataja, el zapatillazo atraviesa la ventana abierta y la Flecha se enreda entre las ramas del laurel del patio: “Mirá lo que hacés, imbécil”, le grita Polo, mientras se asoma para dimensionar el desastre y ver si la zapatilla destrozó algo. Ni lento ni perezoso, el Nene aprovecha para lanzar la otra Flecha y, ahora sí con más suerte, acertar en medio de la melena rubia de Polo, que trastabilla y cae al patio por la ventana. Todavía medio atontado por el golpe, Polo abre los ojos, mira el laurel, busca la Flecha, y... no puede entenderlo: raíces transformadas en pies, ramas que se vuelven brazos, y una copa con rostro de mujer que se le acerca. Huye despavorido, pero Laura ni se gasta en seguirlo. Si está visto que es de gusto: con los estudios de género, la irrupción del mercado y el derrumbe del canon no hay reescritura que aguante.

Nadie Canta

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La leyenda intenta explicar lo inexplicable.
Como procede de una parte de la verdad,
tiene que regresar siempre a lo inexplicable.


Franz Kafka, Prometeo.
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El Sol reverberó sobre el azul silencioso del Mar, mientras Heracles trepaba hacia la cumbre. Llevaba el arco y las flechas, pero no fueron necesarios, porque cuando escrutó el horizonte buscando el ave de Zeus, solo encontró un nido vacío. Sobre la hierba seca, cubierto por algunas plumas y fragmentos de roca, estaba el milenario reloj de sangre con que se medía el Tiempo del tormento del Titán.
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Dudó por unos segundos: el trabajo parecía demasiado sencillo. Sigilosa, con insurrecta cadencia, la sangre inmortal se deslizaba en la clepsidra. Supuso que el eco del bramido del Titán acompasaba el impacto de las gotas, y que cuando la invisible mano de Ananke giraba el reloj, de alguna manera el águila se abalanzaba nuevamente a desgarrar las eternas entrañas sediciosas.
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Dejó las armas a un lado y examinó mentalmente la insólita disposición de los hechos. Pensó que quizás el vidrio al quebrarse remedaría el metálico crujir de las cadenas ausentes, y palpó con sus dedos el cristal, como anhelando un latido.
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Sus manos vacilantes dejaron deslizar la clepsidra y, ante el afásico impacto, la sangre comenzó a fluir por los cristales. El torrente de líquido viscoso humedeció sus sandalias y siguió su curso, descendiendo por el peñasco.
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La herida estaba ahora eternamente abierta, la sangre teñiría los mares e inundaría la tierra. Como la espesa y eterna nube de humo de un fuego extinguido, se cerniría sobre el mundo hasta sofocar a la humanidad.
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La clepsidra rota solo puso en evidencia el artificio: hombres, roca y águila eran una misma cosa.
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Al ver que el titán se desangraba inútilmente sobre el mundo, el héroe comprendió que el fuego nunca volvería a encenderse, y emprendió el arduo descenso.
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Cuando el hombre, ya en tierra firme, le dio la espalda al peñasco, comenzaba a caer el sol.
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Ahora era solo cuestión de tiempo.-

dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.