datos de las manos que teclean

Zonzo, Bonzo y la Dragona


Hace muchísimos años –pongámosle unos cuantos miles, año más, año menos– un huevo rodó del nido, se deslizó por la empinada pendiente de la montaña, esquivó un par de arbustos, rebotó en una saliente y terminó olvidado, casi para siempre, en una lóbrega y recóndita grieta de la ladera. Lo suficientemente lóbrega como para que el calor del sol no pudiera ayudar a incubarlo, y lo suficientemente recóndita como para que nadie pudiera encontrarlo nunca. O sea que ahí se quedó el huevo, escondido y a oscuras en un hueco al costado de la montaña, como les decía, casi para siempre. Porque como ya se habrán imaginado ustedes, si el huevo todavía siguiera ahí, esta historia seguramente se acabaría pronto. Después de todo, a un huevo oculto en una grieta no le puede pasar nada interesante.

Así fue que unos cuantos miles de años más tarde, precisamente el sábado pasado alrededor del mediodía, justo en plena tormenta, el agujero donde estaba el huevo comenzó a inundarse. Y tanta lluvia se metió adentro, que el huevo empezó a flotar. Primero apenas un poco, después un poquito más y enseguida empezó a avanzar sobre el agua que se escurría por la grieta y siguió flotando hasta quedar atascado contra una piedra, medio disimulado entre unos pastos. Eso sí, lo que se dice limpito, quedó limpito. Después de tantos miles de años el agua le había venido bien, porque estaba bastante mugriento. Pero para cuando amainó la tormenta y despuntó el sol, el huevo brillaba que daba gusto, casi como un arco iris, pero bien violeta.

Como ya sospecharán ustedes, este huevo del que les hablo no se parecía mucho a los que uno guardaría en la heladera. Por lo del color violeta, básicamente. En fin, abreviemos. La tormenta ya se había despejado del todo y el calor del sol empezaba pegar medio fuerte, cuando justamente pasó por ahí Zonzo, que andaba buscando algún lugar con sombrita para echarse a dormir una siesta y de repente divisó algo semi ovalado que brillaba al lado de una piedra, medio disimulado entre unos pastos.

Zonzo no era lo que uno llamaría un perro con muchas luces, era más bien bastante zonzo, aunque no tanto como para no darse cuenta de que esa especie de pelota de rugby violeta debía de ser otra cosa. Así que se le fue arrimando despacito, por si acaso, olfateando bien profundo, como para tratar de adivinar qué era. Y justito justito cuando Zonzo ya se había confiado un poco y tenía el hocico prácticamente pegado a la base, la pelota de rugby violeta hizo “crack” y ¡zaz!... se resquebrajó. Del susto, Zonzo empezó a ladrar. Ya les expliqué que era medio zonzo. Ladró y ladró y ladró y ladró y ladró todavía un poco más. Tanto ladró, que el huevo-pelota-de-rugby-violeta terminó de quebrarse.
Y cuando Zonzo vio lo que había adentro...
Y cuando lo que había adentro vio a Zonzo...
Bueno, mejor no quieran imaginarse, ni la llamarada que largó lo que había adentro del huevo, ni cómo ladró Zonzo cuando se le chamuscaron los bigotes.
―¡Ahhhhh! ―gritó Zonzo. ―¡Me quemo, me quemo!
―¡Ahhhhh! ―gritó lo que había adentro del huevo. ―¡Me muerde, me muerde!
Después sobrevino un silencio bastante incómodo, durante el que los dos se miraron muy fijamente a los ojos sin hacer el más mínimo movimiento.
“Qué lagartija más rara”, pensó Zonzo.
“Qué huevo más peludo y ruidoso”, pensó la lagartija
Zonzo le ladró de nuevo, como para que a esa lagartija (que bien mirada no parecía mucho una lagartija) le quedara claro quién mandaba. Entonces ella salió del cascarón y le escupió un poco más de fuego entre las patas, como para que al huevo-raro-ruidoso-y-peludo, quiero decir a Zonzo, le quedara claro que no se iba a dejar asustar tan fácilmente.
―Che, terminala con el fuego ―dijo Zonzo, metiendo las patas en un charquito que se había formado con la lluvia de hacía un rato.
―Está bien ―dijo la lagartija. ―Pero callate de una vez, porque se me erizan las escamas de la cola con tanto escándalo.
―¿Escamas? ―preguntó Zonzo.
―¿Y qué querés que tenga? ¿Plumas? Las dragonas tenemos escamas.
―¿Dragonas? ―preguntó Zonzo asombrado.
―¿Por qué repetís todo lo que digo? ¿Sos zonzo, vos? ―respondió la dragona un poco molesta.
―Sí ―dijo Zonzo. ―Soy Zonzo. ¿Cómo sabías? ¿Nos conocíamos de algún otro lado nosotros?
―No creo. Acabo de salir de adentro de ese huevo, ¿no te acordás? ¿Y vos qué sos? Porque para ser un huevo tenés demasiado pelo. Además no te veo escamas y sos muy ruidoso.
―No soy un huevo, soy un perro ―aclaró Zonzo medio ofendido.
―Ah. ¿Y por qué hacés tanto ruido? ―preguntó la dragona.
―No se llama “hacer ruido”, se llama ladrar. Ladro porque todos los perros ladramos ―explicó Zonzo ya definitivamente fastidiado por la ignorancia de la dragona.
―¿Y para qué ladran? ―insistió ella. Porque no se si saben que los dragones nunca se quedan conformes si uno no contesta sus preguntas.
―Ufa. No sé. Ladramos y punto. Ahora, si no te molesta, me voy a dormir la siesta debajo de ese árbol, que a eso vine y no a hablar con lagartijas charlatana-¡aaaay! ¡Me chamuscaste las patas de nuevo! ―se quejó Zonzo.
―Disculpame, me dio tos ―mintió la dragona riéndose para adentro mientras Zonzo refunfuñaba alejándose hacia la sombra del pino para ver si de una buena vez podía dormir un rato.
―Esta bien, te dejo dormir. Pero antes explicame cómo llego al castillo desde acá ―le dijo ella.
―¿Castillo? Acá no hay ningún castillo ―bostezó Zonzo mientras daba la quinta vuelta en el mismo lugar antes de acostarse.
―Entonces indicame adónde vive la princesa ―insistió la dragona.
―Tampoco tenemos princesas ―dijo él, apoyando la base del hocico sobre las patas estiradas.
―No entiendo. ¿Y qué hacen los dragones que viven en este lugar? ―preguntó ella desconcertada.
Y es que, como se habrán dado cuenta ustedes, para cuando la dragona de esta historia nació, ya no era época de dragones. Abundaban, claro está, otra clase de animales. Algunos con escamas, otros con alas, muchos con garras, varios con dientes muy afilados, pero definitivamente ninguno que, como ella, reuniera todas estas características juntas. Ni qué decir de la habilidad de exhalar fuego por la boca y humo por la nariz, que eran, sin lugar a dudas, destrezas exclusivas de nuestra dragoncita.
―Mirá ―dijo Zonzo. ―Que yo sepa nunca ha habido dragones por acá. Por lo menos yo nunca vi ninguno. Lagartijas sí vi muchas en la sierra, ¿seguro que no sos una lagartija?
―Más vale que no soy una lagartija, zonzo. Soy una terrible y peligrosa dragona, ¿no ves? Pero ahora no sé qué voy a hacer, porque los dragones trabajamos defendiendo a las princesas que viven en los castillos. Y acá no hay ni castillo ni princesa.
―Ahora que me acuerdo, el día de la primavera tuvimos una princesa, pero no era de acá, era de Bahía Blanca. A lo mejor allá hay algún castillo. ¿Por qué no vas a ver y de paso me dejás dormir tranquilo ―sugirió el perro.
―¿No me acompañás? ―dijo la dragona poniendo voz de linda.
―Hace calor ―protestó Zonzo.
―Dale, porfis ―insistió ella.
―Iba a dormir la siesta ―refunfuñó el perro.
―Por favor ―dijo la dragona pestañeando y haciendo ojitos.
―Queda lejos ―argumentó Zonzo en un último intento. Pero cuando la dragona suspiró, profundamente apenada, el pobre se resignó ―Bueno, dale, está bien. Te acompaño.
“La verdad es que para creerse una terrible y peligrosa dragona, es bastante molesta esta lagartija”, pensó Zonzo mientras se desperezaba y empezaba a caminar hacia la Estación.


* * *


―El tren pasa ahora en un rato. Te subís y no te bajás hasta llegar a la Estación General Roca. De ahí son más o menos dos cuadras hasta la escuela... ¿Me estás escuchando? ―preguntó el perro.
―Ehh... ¿cómo me dijiste que se llama tu hermano? ―dudó la dragona.
―Bonzo ―dijo Zonzo por quinta vez.
―¿Y Bonzo me va a poder indicar cómo llego al castillo en el que está la princesa? ―insistió ella de nuevo.
―No sé. Pero si Bonzo no sabe, nadie sabe. Es un perro muy inteligente mi hermano. Es el único de la familia que va a la escuela. Ahí se aprenden muchas cosas importantes, así que algo le deben haber enseñado acerca de los dragones ―dijo Zonzo, que estaba muy orgulloso de Bonzo.
―¿Por qué no te tomás el tren y me acompañás hasta Bahía? Tengo miedo de perderme ―dijo la dragona.
―No, no, eso sí que no ―se atajó Zonzo. ―Y perderte no te podés perder, es derechito desde la Estación, no hay forma de perderse.
―Dale, vení conmigo, así de paso lo ves a Bonzo ―insistió ella.
La verdad es que Zonzo no tenía muchas ganas de ir hasta Bahía Blanca, pero la idea de ver a su hermano no le disgustaba, porque lo extrañaba bastante. Así que, sin pensarlo mucho más para no arrepentirse, se subió al tren, planeando dormirse una buena siesta arriba.


* * *


―¿Falta mucho? ―preguntó la dragona.
―Dos minutos menos que hace dos minutos cuando me preguntaste lo mismo por centésima vez ―respondió Zonzo mufado.
Y es que la dragona lo tenía bastante podrido, porque venía preguntando “¿cuánto falta?” y “¿cuándo llegamos?” incluso desde antes de subirse al tren. Así que, cuando finalmente el vagón se detuvo en la estación, el pobre perro, que no había podido dormir ni treinta segundos de siesta, suspiró aliviado.
―Dale, vamos a buscar a tu hermano. No veo la hora de llegar al castillo ―se entusiasmó la dragona subiéndose al lomo de Zonzo y espoleándolo como su fuera un caballo.
“Con lo tranquilo que estaba yo allá en Sierra. Más vale que Bonzo me de una pata para sacarme de encima a esta lagartija”, pensó Zonzo.
Entre nosotros, menos mal que Zonzo además de zonzo era medio buenazo, porque a decir verdad la dragona no era ni muy terrible ni muy grande que digamos, y si él hubiera querido bien podría habérsela comido de un solo bocado.


* * *


Cuando llegaron a la puerta de la escuela, los dos notaron el pequeño gran problema que tenían que resolver.
―¿Y ahora qué hacemos? ―preguntó la dragona. ―¿Estás seguro de que tu hermano está acá adentro?
Y justo cuando Zonzo iba a responderle se abrió la puerta y una mujer de guardapolvo azul les indicó que pasaran.
―Qué raro ―dijo la maestra. ―Hubiera jurado que te vi recién en el patio, Bonzo. ¿Cuándo saliste vos?
Pero después de dejarlos entrar cerró la puerta y siguió caminando por el pasillo para el aula donde la esperaban sus alumnos, sin preocuparse demasiado por Bonzo, es decir, por Zonzo.
―Ufs, por poco me ve ―dijo la dragona, que se había escondido debajo de la oreja de Zonzo. ―No es que tenga miedo ―aclaró. ―Pero hubiera sido terrible tener que atacarla para que no gritara avisándole a todos que hay un dragón adentro de la escuela.
―Claro, claro ―respondió Zonzo, que en realidad mucho no le creía, porque la había sentido temblar todo el tiempo debajo de su oreja. ―Ahora tenemos que encontrar a Bonzo. ¿Dónde estará?
La dragona puso cara de “este perro no puede ser más zonzo”
―¿No escuchaste que la maestra dijo que te vio en el patio? ―le preguntó.
―¿A quién? ¿A mí? Pero si yo estaba afuera con vos... ―contestó Zonzo.
―No, zonzo, a Bonzo. Ella te confundió con Bonzo, ¿no viste? Dijo que lo había visto durmiendo en el patio. Ahí es donde debe de estar tu hermano, en el patio. Dale, vamos.
Justo en ese momento sonó el timbre del recreo y una batahola de chicos empezó a salir corriendo y gritando ordenadamente y en silencio de las aulas.
Del susto, la dragona se volvió a esconder detrás de la oreja de Zonzo.


* * *


Después del recreo, en distintos lugares de la escuela tenían lugar conversaciones de lo más curiosas.

―Señorita Alcira ―decía una nena. ―A Bonzo le salía fuego debajo de una de las orejas.

―¿Viste, Marta? ―le comentaba Inés a la otra portera. ―Bonzo vino a pedir alimento de nuevo. Con todo lo que había comido hoy no pensé que pidiera más hasta mañana.

―Leticia, vamos a tener que hacer algo con Bonzo, porque no puede ser que se instale todo el tiempo en la escalera del pasillo del baño para pedirle galletitas a los chicos ―decía Isabel.
―Pero si yo lo vi hace un rato y estaba durmiendo tranquilo al lado del escenario ―respondía la vice.

―¡Seño, seño! ¡Bonzo tiene una garrapata verde!
―Las garrapatas no son verdes, Tomás.
―Esta sí, y además tiene alitas.
―Sería una mosca, Tomás.
―Pero seño...
―Basta Tomás, sentate en tu lugar y dejá de inventar pavadas.


* * *


Mientras tanto, los dos perros y la dragona charlaban al solcito en el patio y Zonzo le explicaba a su hermano que necesitaban su ayuda para encontrar una princesa y un castillo.
Bonzo los miró fijo, primero a uno y después al otro, hasta que finalmente dijo: ―No va a poder ser. Acá tampoco tenemos castillos, y menos que menos princesas.
―¿Y la de la fiesta de la primavera? ―preguntó Zonzo.
―Esa era una chica de acá de Bahía, pero no una princesa de verdad. Princesas y castillos como los que necesita esta dragona hay solamente en los cuentos, no en la vida real.
La dragona, que ya no se sentía tan terrible ni tan peligrosa, sino más bien un poco triste, empezó a moquear.
―Bueno, tampoco es para tanto. No te pongas mal ―dijo Bonzo un poco conmovido. ―Creo que conozco a alguien que puede ayudarte. La señorita Paula sabe un montón de cuentos, capaz que en la biblioteca, donde ella trabaja, podemos encontrar alguna historia en la que puedas meterte. Yo no voy mucho por ahí porque Paula no tiene galletitas, como los chicos de primero y de segundo, que son los que más cosas ricas traen y más convidan, pero podemos ir a fijarnos si encontramos algo que sirva en la biblioteca.
Así que para allá se fueron. Y Bonzo tenía razón, galletitas no había, pero libros... ufs... libros había de todos colores.
―¿Y en cuál me meto? ―preguntó la dragona.
―En este ―dijo Zonzo (que aunque no sabía leer se hizo el entendido) y abrió un libro cualquiera en una página al azar, con tanta mala suerte, que la dragona fue a caer justo en el cuento de Los Tres Cerditos. Y como si algo caracteriza a los dragones es que son entusiastas y bien mandados como ellos solos, ahí nomás se puso ella a soplar a la par del lobo, olvidándose de que además de humo por su boca salía fuego.
―¡Me quemo, me quemo! ―gritaba uno de los cerditos con la cola chamuscada, mientras las llamas se expandían desde la casita de paja hasta la de madera. Y si no hubiera sido porque el chanchito práctico atinó a barajar el matafuegos de emergencia, se quema todo el libro y con él toda la escuela.
Digan que Bonzo también reaccionó rápido y abrió el libro para que la dragona pudiera salir de un salto antes de que el lobo y los tres chanchitos, que tenían cara de muy pocos amigos, lograran alcanzarla.
―En este cuento no encajo muy bien ―dijo la dragona toda agitada por la corrida. ―Mejor me meto en este otro.
Y antes de que Bonzo pudiera avisarle que no, que ahí tampoco, la dragona ya había saltado adentro de un libro de tapas razules que decía Caperucita Roja.
―¿Otra vez? ―dijo el lobo bastante molesto cuando la vio. ―Mirá, hasta donde yo sé en esta historia tampoco aparece ningún dragón… Y después del desastre que armaste recién en el cuento de Los Tres Cerditos, seguro que no precisamos ninguno. Además, en cualquier momento viene Caperucita. Yo ya tendría que estar escondido atrás de aquel árbol para sorprenderla. Y no quiero demorarme, porque si no pasa como la otra vez, que tuve que ir al baño de apuro y el narrador aburrió a todo el mundo describiendo el paisaje durante cinco minutos para hacer tiempo hasta que volví…
―Entiendo… ―dijo la dragona resignada y lagrimeando mientras se alejaba.
Pero entonces el lobo, que en el fondo no era tan malo, se sintió un poco culpable por haberla maltratado, suspiró profundo y mientras se camuflaba atrás del tronco le gritó: ―Mirá, yo no soy experto en dragones, ni mucho menos… Pero se me ocurre que podrías probar suerte con Flori, Ataúlfo y el Dragón. Fijate, está en la parte de abajo del estante.
―¡Gracias! ―sonrió un poco más animada la dragona y saltó afuera del libro justo cuando ya se acercaba Caperucita con la canastita.
―Iba a avisarte que ese libro tampoco servía, pero no me diste tiempo ―la retó Bonzo.
―¿Y tu hermano? ―preguntó la dragona.
―Está haciendo guardia en la puerta, por si vuelve Paula ―dijo Bonzo.
―El lobo me recomendó que probara con un cuento que está en el estante de abajo ―explicó ella.
―Mmm... La Princesa, el Caballero y el Dragón. ¿Será este? ―preguntó Bonzo mientras hurgaba con el hocico entre los lomos de los libros.
―La verdad es que me olvidé. Pero suena parecido, y habla de un dragón, seguro que sirve lo mismo.
Bonzo abrió el libro y cuando la dragona se metió adentro justo fue a parar en el medio de una escena en la que el caballero enfrentaba al feroz dragón para liberar a la princesa de la torre. Los tres personajes se quedaron muy quietos mirándola.
―¡Agh! ¡Qué asco! ¡Una lagartija! ―dijo la princesa.
―No temáis ni os preocupéis amada mía ―dijo el caballero. ―La aplastaré con mi zapato.
―No soy una lagartija ―protestó la dragona. ―Soy una terrible y peligrosa dragona, ¿no se dan cuenta?
De tanto reírse, al feroz dragón del cuento casi le agarra un ataque de hipo. La princesa estalló en carcajadas y el caballero se tentó tanto que se le cayó la espada.
―¡Pero si medís menos de quince centímetros! ―dijo el dragón. ―Tiene razón la princesa, sos una lagartija.
Indignada, la dragona escupió una buena bocanada de fuego.
―Bueno, está bien, en todo caso serás una lagartija que escupe fuego, pero de terrible y peligrosa no tenés nada ―comentó el Caballero recuperándose un poco del ataque de risa. ―Podría aplastarte con el zapato, ni siquiera precisaría usar la espada.
La dragona, ofendida, salió del cuento pegando un portazo (o un tapazo, que para el caso es lo mismo) y se sentó sobre una de las mesas de la biblioteca. Tenía la cara toda colorada de bronca.
―¿Tampoco funcionó? ―preguntó Bonzo.
―Tampoco ―dijo ella.
―A lo mejor no era ese el que dijo el lobo ―arriesgó Bonzo.
Justo entonces Zonzo ladró para avisarles que alguien se acercaba a la biblioteca. Bonzo y la dragona se escondieron detrás de un armario. La señorita Paula traía en la mano un libro grandote y muy pesado. Lo dejó sobre el escritorio y volvió a salir, haciéndole un mimo a Bonzo, que en realidad era Zonzo, en la cabeza.
―Qué raro vos por acá, Bonzo ―dijo Paula. ―Quedate si querés, ahora vuelvo.
Apenas salió, la dragona y los dos perros se acercaron al escritorio. Y al ver la ilustración de la tapa del libro a los tres se les ocurrió la misma idea.
―Este es definitivamente tu cuento ―dijo Zonzo, que aunque no sabía leer pudo notar por los dibujos que la dragona calzaba justito en el libro.
―¿Te animás a meterte ahí? ―preguntó Zonzo.
―Más vale ―dijo la dragona. Y sin pensarlo dos veces se despidió de los perros y se zambulló en el cuento para ya nunca salir.


* * *


Cuando volvió a entrar en la biblioteca, a Paula no le sorprendió que Bonzo ya no estuviera adentro. De hecho, pensó que lo raro era que hubiera pasado por ahí, porque casi nunca lo hacía.
Después se sentó sobre el escritorio, abrió el pesado libro de Shrek que había traído un rato antes y empezó a buscar alguna buena imagen para trabajar con los chicos de quinto, que habían visto la película la semana pasada.

2 comentarios:

María Elena dijo...

Hermoso! Quedé enganchada desde el principio. Me encantó! Un placer leerlo.

gabis dijo...

¡Gracias! Bonzo existe, es el de la foto (sin la dragona, la dragona es fotoshop). Es la mascota oficial de la Escuela Nº18 y el cuento fue escrito para los chicos de la escuela. Cualquier similitud con la vida real, no es coincidencia... jaja

dijo W. BENJAMIN sobre las traducciones

"Así como el tono y la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna del traductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma de éste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución."

de Walter Benjamin, "La tarea del traductor", en Angelus Novus, trad. de H. A. Murena, Barcelona, Edhasa, 1971, pp. 127-143.


dijo BORGES sobre las traducciones

¿A qué pasar de un idioma a otro? Es sabido que el Martín Fierro empieza con estas rituales palabras: "Aquí me pongo a cantar - al compás de la vigüela." Traduzcamos con prolija literalidad: "En el mismo lugar donde me encuentro, estoy empezando a cantar con guitarra", y con altisonante perífrasis: "Aquí, en la fraternidad de mi guitarra, empiezo a cantar", y armemos luego una documentada polémica para averiguar cuál de las dos versiones es peor. La primera, ¡tan ridícula y cachacienta!, es casi literal.

Jorge Luis Borges, La Prensa, Buenos Aires, 1 de agosto de 1926.